|

En algunos casos, los sueños son
capaces de condicionar un comportamiento hasta alcanzar extremos
inimaginables, sobre todo si la persona afectada tiene una mente fría
y un corazón débil, como puede ser el caso de un criminal.
John siempre había tenido un sueño que lo venía obsesionando
desde muy pequeño, una pesadilla muy extraña: se veía en un campo
repleto de crucifijos que lentamente se iban transformando a su paso
en árboles sin hojas con largas ramas por las que caían gotas de
rocío. Al aproximarse a los árboles, podía ver como las gotas que
cubrían las ramas no eran agua... eran sangre. Los árboles
comenzaban a retorcerse como si sufrieran un tormentoso daño y la
sangre brotaba de los troncos, mientras una silueta borrosa que
portaba una copa recogía el líquido rojo. Luego, una vez llena se
le acercaba y se la ofrecía ordenándole beberla.
John se sentía completamente indefenso ante la situación. No era
capaz de mover un solo músculo y quería librarse de la pesadilla.
El ser, le dice que la única manera de librarse de él, es matar,
para así saciar su verdadera sed.
La cruel pesadilla le estaba destrozando los nervios y cada vez se
sentía menos dueño de sus actos. El quería ser libre, no volver a
soñar... y terminó asumiendo que para hacerse libre tenía que
hacerla real.
En 1949, Haigh vivía en una confortable pensión londinense,
pasando casi desapercibido por los demás locatarios. Su aspecto físico,
moreno, corpulento y muy bien parecido, además de una agradable
sonrisa, hacía que todas las mujeres se fijaran en él. Les había
hecho creer que era el dueño de una fábrica metalúrgica, por lo
que además lo respetaban y eso le agradaba.
Pero las cosas no le iban muy bien. Apenas tenía dinero y la dueña
de la pensión le había llamado varias veces la atención. Por si
fuera poco, esos terribles sueños no dejaban de acosarle.
Olivia Durand-Deacon era una de las elegantes viudas de mucho dinero
que se sentían interesadas por él, pero más que por su físico,
por la actividad que le habían dicho que ejercía: agente
comercial. La señora quería que le sirviese de intermediario para
llevar a cabo un negocio de uñas artificiales. Cuando se hacen
amigos, le enseña una muestra de unas uñas hechas de papel,
preguntándole si creía que podían tener éxito comercial. El
hombre promete interceder por ella ante un posible negocio y citarla
con otro agente comercial. Cuatro días después la condujo a
Crowley con el fin de discutir la fabricación de las uñas
artificiales haciéndole creer que la cita tenía lugar allí.
Quedaron en el pueblo, en dónde la recogería para ir a la fábrica.

Olivia Durand-Deacon
Antes de la cita, compró un tonel
de acero diseñado para resistir la corrosión de los ácidos, luego
153 litros de ácido sulfúrico, y lo hizo enviar a un almacén
abandonado en Crowley.
En realidad a donde conduciría a Olivia no sería a la fábrica,
sino a unos almacenes semiabandonados para el depósito de mercancías.
La mujer nunca hubiese imaginado que un hombre tan correcto tenía
la extraña especialidad de disolver a sus amistades en ácido sulfúrico.
Al día siguiente todo el mundo preguntaba preocupado por Olivia, la
mujer no tenía por costumbre pasar noches fuera de la pensión y,
mejor dicho, nunca; pero en esta ocasión, no había dado "señales
de vida".
Haigh respondía con aire sorprendido que no había acudido a la
cita, que tras esperarla durante una hora se había ido sin verla. Y
como seguía sin aparecer, se ofreció junto a otros pensionistas
para ir a la policía a denunciar la desaparición de la viuda.
Tuvo que hacer dos largas declaraciones en la comisaría, no mostrándose
reticente o nervioso y siempre afirmando que la viuda no había
acudido a la cita. No tenía nada que temer, pues pensaba que las
precauciones que había tomado lo pondrían al abrigo de toda
sospecha.
Pero el escepticismo y las sospechas del comisario de policía lo
llevaron por otras pistas. Por el hecho de que no acababa de
gustarle el hombre y dejándose guiar por la intuición, decidió
llevar a cabo una serie de investigaciones rutinarias que le
ayudaron a descubrir algunos cabos sueltos que Haigh no había
tenido en cuenta: tenía antecedentes penales por estafa y robo,
además de que se descubrió que no era el tal jefe de la empresa
que decía, pues terminaron localizando al verdadero jefe, y declaró
que sólo le contrataba de vez en vez como representante.

Escena del crimen
En los almacenes, los policías
encontraron tres bombonas de ácido sulfúrico, además de un
delantal, unos guantes de caucho y un revólver que recientemente
había disparado una bala. También hallaron otras pruebas macabras,
como huellas de sangre en la pared y el delantal, un charco de grasa
en un bidón vacío de ácido, y para colmo de sospechas, el recibo
de una tintorería por un abrigo de astracán.
Expertos analistas de Scotland Yard analizaron cuidadosamente los
restos de grasa y dos partes casi intactas de una dentadura, que
finalmente fueron identificadas por el dentista de la mujer.
Haigh mantenía su disfraz de inocencia respondiendo amablemente a
cada interrogatorio, aunque la policía de Scotland Yard sabía que
mentía en sus declaraciones y que todas las pistas halladas le
apuntaban como el asesino. Pero al darse cuenta que no podía seguir
ocultando el crimen por mucho más tiempo, termina haciendo unas
siniestras declaraciones:
"Si le confesara la verdad no me creería, es demasiado extraño.
Pero se la voy a confesar. La señora Durand no existe. Ustedes no
encontrarán jamás ningún resto de ella ya que la disolví en el
ácido, ¿cómo podrán probar entonces que he cometido un crimen si
no existe cadáver? Le disparé a la cabeza mientras estaba mirando
unas hojas de papel para confeccionar sus uñas postizas, después
fui por un vaso y le hice un corte con mi navaja en la garganta.
Llené el vaso de sangre y me lo bebí hasta saciar mi sed. Luego
introduje el cuerpo en el tonel llenándolo después de ácido sulfúrico
concentrado Después me fui a tomar una taza de té. Al día
siguiente el cuerpo se había disuelto por completo, vacié el tonel
y lo dejé en el patio".
Lo que Haigh no sabía era que la policía londinense, en un
minucioso trabajo de investigación, sí había encontrado restos
del cadáver y lo habían incluso identificado.
Después de su detención y confesión, la policía sospechó de
otros cinco crímenes acaecidos un año antes en similares
condiciones. Finalmente también se declaró culpable de esos crímenes,
alegando además que a todas las víctimas les había bebido la
sangre.

En el juicio, su abogado defensor
intentó utilizar la pesadilla del hombre y el acto de vampirismo
como recurso, queriéndolo hacer pasar por demente que se veía
obligado a matar por una obsesiva ilusión vampírica, pero no dio
resultado. Si bien los psiquiatras reconocieron sus rasgos
paranoides como síntoma precursor de una aberración mental que le
acarreaba una alteración completa de la personalidad, trastornándole
el carácter y la conducta, el hombre había explotado económicamente
a sus víctimas, bien vendiendo objetos que robaba o adueñándose
de bienes u otorgándose falsos poderes.
Para los jueces se trataba de algo más que de una mente enferma que
bebía la sangre de sus víctimas; era un personaje frío y
calculador que premeditaba sus crímenes y actos, fingiendo una
locura que lo convertiría en irresponsable ante la ley.
Finalmente es sentenciado a la pena de muerte, a la que el acusado
ni siquiera apela; es ahorcado en la prisión el 6 de agosto de
1949.
Por: Margarita Bernal
Fuente: Archivo del Crimen |