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  Carlos Eduardo Robledo Puch


Puch junto a su abogada

Carlos Eduardo Robledo Puch, nació el 22 de enero de 1952, en Olivos, Argentina. Hijo único de José Robledo y Aída Puch, creció dentro de una familia de clase media y religiosa, tenía gran facilidad para aprender, además de tocar el piano hablaba alemán y también podía conversar en inglés. En el colegio era un poco antipático y agresivo.

Robledo empieza a robar cosas pequeñas junto con Jorge Antonio Ibáñez, un compañero del colegio, así inicia su vida delictiva a los quince años. Un día trazan el primer plan. Se trata de una joyería de menor importancia. Como para probar. Todo va bien y reparten las joyas y los relojes. No entienden lo suficiente y sacan cosas de poco valor. Detalles para corregir, piensa Robledo, quien ya ha cumplido los 17 años. Roba una moto y con ella alborota a todo el barrio, ya que la arregla en la vereda de su casa y pone el acelerador a fondo para irritar a los vecinos que protestan.

El 14 de febrero de 1969 ingresa en la Escuela de Artes y Oficios José Manuel Estrada, ubicada en la zona de Los Hornos, partido de La Plata. Había sido acusado por el robo de la moto. Allí permanece 20 días y, en un par de charlas con el director, le confiesa que no se entiende con su padre. Reanuda la amistad con Ibáñez y empiezan a visitar los boliches de la avenida del Libertador. Conoce a mucha gente y aunque su cara aniñada -los ojos azules y grandes, los labios carnosos y el pelo que le achica la frente- no lo hace muy atractivo, consigue algunas mujeres. 

Los dos amigos se tienen cada vez más confianza. Concretan varios golpes, casi todos en la calle, Robledo no sabe todavía que Ibáñez actúa por su cuenta, como un experimentado profesional; roba coches (prefiere los Torino, por los que le pagan 400 mil pesos) y su familia parece conocer sus andanzas. Robledo, que era un chico callado, se está envalentonando. Se jacta de su audacia y dice que espera un gran futuro. Brindan y pagan copas, las mujeres empiezan a preferir su compañía.

El 10 de enero de 1970 Carlos Eduardo abandona la vacía casa de sus padres -éstos se encuentran de viaje-. Dentro de nueve días cumplirá 19 años y quiere festejarlo. 

Tiene veinte años cuando, a medias con Ibáñez, compra un Fiat 600 que generalmente él conduciría. Maneja a toda velocidad e interviene en arrancones en los que se muere de rabia por no tener un coche más potente. Una noche, mientras toman una copa, se ponen de acuerdo. Ibáñez sabe que habrá peligro: se juramentan y Robledo será el ejecutor de quien se cruce en el camino. Por fin, la noche del 3 de mayo llegan a la calle Ricardo Gutiérrez al 1500, en Olivos.

Por la pared de una estación de servicio saltan al techo del baño de una casa de venta de repuestos para autos. Entran por un domo. El encargado y su mujer duermen en camas separadas. A un lado descansa una hija del joven matrimonio. No se despiertan. Bianchi no despertará jamás, ya que Robledo le pega dos balazos. La mujer se sobresalta y Robledo dispara dos veces más dándole en el pecho, la mujer cae hacia atrás. Robledo comienza a sacar el dinero de la caja registradora. A su espalda oye gemidos débiles, la mujer se desangra pero no puede moverse porque Ibáñez ha caído sobre ella. Robledo los mira; no abarca la tragedia en su totalidad. Hay un muerto y una violación, pero para él los hechos no tienen dimensión ni nombres comunes. "Había que sobrevivir", diría más tarde. Cuando salen, lbáñez está manchado de sangre pero no intercambian una palabra. Robledo se detiene un momento y sonríe. Ha visto la vidriera de los accesorios. Recoge una palanca de cambios y dos instrumentos de medición "Son para el 600", dice, y los mete junto a los 350 mil pesos que halló.

Robledo aparece en los mismos lugares de siempre. Se nota un cambio en él. Está feliz, se convierte en el centro de las reuniones. Habla de autos y de carreras. Anda solo ya que Ibáñez ha creído mejor separarse. Nadie debe sospechar y los muertos no hablan. Pero la mujer de Bianchi no murió la noche del 3 de mayo. Cuando los dos hombres salieron, ella fue arrastrándose hasta la estación de servicio de la esquina para pedir auxilio. Estaba bañada en sangre y hablaba de un hombre de pelo largo.

El 15 de mayo -doce días después del primer golpe importante-, Ibáñez y Robledo visitan "Enamour", un bar de Olivos. En el fondo hay un jardín que da al río. La noche es fresca cuando los dos hombres fuerzan una ventana y entran. Revisan minuciosamente y reúnen casi dos millones de pesos. Cuando se retiran, Robledo ve una puerta cerrada y abre para mirar adentro. Dos hombres -Pedro Mastronardi y Manuel Godoy- duermen el último sueño. Robledo dispara varias veces sobre esos cuerpos. No hay un gemido. Cuando le preguntaron por qué los había matado, respondió: "Qué quería ¿que los despertara?"

Desde entonces los amigos entran definitivamente en el vértigo. El dinero vuela de sus bolsillos con desenfreno. No quieren ser hombres distinguidos, como los criminales de guante blanco. Están matando y lo saben. Tal vez intuyen que ese vértigo los aniquilará. Han escapado siempre, pero una simple circunstancia, un error mínimo puede perderlos. Deciden apostarlo todo; también la vida de quienes se crucen a su paso. Robledo e Ibáñez gastan horas y horas frente a las barras de los boliches, también gastan todo el dinero. 

Un día, ambos conocen a Héctor Somoza, un chico de 17 años que trabaja en la panadería de su madre. Robledo lo ha visto antes, han conversado, han ido juntos a los balnearios el verano anterior. Inician a Somoza de la misma manera que Ibáñez inició antes a Robledo. Roban algunas motos y Somoza, un día, aparece con un revólver.

Ibáñez no simpatiza con el nuevo socio. No le tiene confianza. Somoza vive con su madre y una hermana en Olivos. Trabaja todo el día en la panadería, es un chico formal que está cansado. Hay discusiones; Ibáñez se sale con la suya, la visita del 24 de mayo al supermercado "Tanty" no tendrá como huésped a Somoza. Sin embargo, éste presta su revólver a Robledo.

Como no están seguros de que el techo se abra con facilidad, Robledo lleva una barreta y cuerda de nylon para descender. Ibáñez se queda de campana y Robledo trabaja, siempre es así. Por fin, el material cede. Entran en plena oscuridad, tratan de no derribar las montañas de latas de conserva para no despertar al vigilante Juan Scattone. Pero éste se despierta y avanza. Robledo se agazapa y dispara dos veces, Scattone se derrumba. En las cajas hay cinco millones de pesos. Destapan una botella de whisky y brindan en la oscuridad, les esperan 20 días de juerga. Revisan al muerto y encuentran la llave de la puerta del personal. Salen repletos de billetes y montan en la motocicleta que habían dejado muy cerca.

Robledo vive en un hotel de Constitución y no tiene tanto interés por las mujeres, sin embargo, a Ibáñez se le antojaban seguido, como ahora Virginia Rodríguez, una adolescente de 16 años. La noche del 13 de junio, Ibáñez va a buscarlo al hotel para dar un paseo. No tienen coche y eso deprime a Robledo (ha chocado el 600 y lo ha tenido que vender por la mitad de lo que costó). Ibáñez le pide que lo espere en una pizzería. Minutos más tarde vuelve con un Dodge Polara. Lo estaciona y entra en la pizzería; en voz baja le dice a Robledo: "Métele que le tuve que disparar al vigilante". Es la única vez que Ibáñez dispara por su cuenta. Espera un premio: Virginia Rodríguez. Se lo dice a Robledo, le pide que se la consiga.

Esa noche la encuentran y Robledo baja con el revólver. Virginia sube y toman la ruta Panamericana. Ibáñez, que maneja el auto, se estaciona a un costado del camino. Pasa al asiento trasero y desnuda a la muchacha que se resiste. Robledo mira, pero su compañero lo echa. Se sienta en un costado y espera, cuando los ve bajar del auto se acerca. "Vete", dice Ibáñez a la chica, ella corre. "Tírale", ordena a Robledo. Este dispara cinco veces. Más de lo necesario. Robledo se acerca y la revisa; encuentra mil doscientos pesos en la cartera de la muchacha. Se van, pero apenas han recorrido un par de kilómetros a toda velocidad cuando chocan contra un cartel indicador. El auto no funciona y lo dejan abandonado. La policía no hallará nunca ese Dodge Polara amarillo. Ibáñez y Robledo toman el autobús 215. 

Robledo cansado de andar en autobús, reúne dinero y compra un Dodge GTX. Está feliz con esa máquina arrolladora. Ibáñez quiere más mujeres, es como un juego. Eligen y toman lo que está al alcance de la mano. Cada vez es más fácil.

El 24 de junio esperan a Ana María Dinardo, una aspirante a modelo de 23 años, que ha ido a visitar a su novio que trabaja en el bar "Katoa". Cuando sale, según cuenta Robledo, bastó que le mostraran una billetera con 250 mil pesos para que ella subiera al auto. Toman por la Panamericana, hasta el mismo lugar donde once días antes dejaron el cadáver de Virginia.
Ibáñez pasa al asiento trasero, pero la muchacha le dice que está indispuesta y sugiere una cita. Ibáñez la ignora y empieza a desvertirla. Ella -que practicaba karate-, se defiende. Ibáñez se cansa y la deja vestirse, pero se queda con la ropa interior de la chica. Le dice que se vaya. Ella alcanza a caminar unos pasos y Robledo le mete siete balazos en la espalda. Luego se acerca y le saca cinco mil pesos y un encendedor. Antes de subir al auto Robledo se detiene, mira el cadáver, toma puntería y le destroza una mano de un balazo. Ibáñez observa a su amigo, quizá con un estremecimiento de temor.

Jorge Antonio Ibáñez, muere el 5 de agosto en un accidente de auto. Viaja junto a Robledo y se estrellaron. Surge la sospecha de que Robledo haya ultimado a su amigo y simulado el accidente. Este es el caso del que menos noticias han trascendido.

Héctor Somoza tendría su oportunidad. Somoza consigue dos revólveres y el 15 de noviembre junto con Robledo se introducen en el supermercado "Rolón", de Boulogne. El método clásico: Robledo abre el techo y bajan con la ayuda de una manguera de plástico. En medio de la oscuridad comienzan a buscar el dinero. El tiempo pasa y no hay rastros de la recaudación. Furioso, Robledo abre una y otra puerta en busca de las cajas de seguridad. Es inútil; al único que encuentra es al vigilante Raúl Delbene, que duerme en un cuarto. Este se levanta cuando escucha que alguien abre la puerta. No alcanza a preguntar nada, Robledo lo mata de un tiro. Siguen revisando, pero no hay dinero; indignado, Somoza patea cuanto halla a su paso. Robledo toma un teléfono y le dice a su cómplice: "Se lo regalo a tu vieja". Al día siguiente, la madre de Héctor recibe el insólito obsequio. "Deberías ser tan bueno como Carlos", le dice a su hijo.

Somoza está apurado por hacerse de unos pesos. Su incorporación a los "negocios" ha resultado un fracaso. En una rápida inspección del lugar, deciden dar el próximo golpe dos días más tarde, el 17 de noviembre, en la agencia de automotores Pasquet, Robledo y Somoza encuentran sólo 90 mil pesos. Robledo empieza a sospechar que su nuevo compañero le trae mala suerte. Esa noche, el vigilante Juan Carlos Rosas dormía junto a una fosa del taller. Robledo se acercó a él por detrás de un coche, y lo mató de un tiro.

El 25 de noviembre, Robledo y Somoza entran en la concesionaria de automotores Puigmarti y Cía. Robledo había ido tiempo atrás con su madre a comprar un coche. Lo pagó al contado y vio el lugar donde estaba empotrada la caja de caudales. Nunca lo olvidó, ahora armados de sendos revólveres, los dos jóvenes entran al salón y sorprenden al vigilante, Bienvenido Serapio Ferrini. Somoza lo golpea con su arma y lo llevan al primer piso. Allí Robledo le da dos balazos. Este es el golpe más arduo de cuantos ha practicado Somoza. Están cinco horas en el lugar. Con un soplete, abren la caja y encuentran un millón de pesos. Escapan en un Chevy que luego abandonan. Más tarde, al ser reconstruidos los hechos, intentó atribuir este asesinato a su compañero, pero luego confesó su culpabilidad.

La primera señal apareció en los diarios el 4 de febrero de 1972: "Un temible sindicato del crimen opera en la zona norte: asesinan vigilantes para robar empresas", tituló ese día Clarín. La policía aseguraba que se trataba de "elementos avezados y de extrema peligrosidad".

Robledo Puch había cometido un grave error en el que sería su último golpe, en la madrugada del 3 de febrero de 1972. Luego de entrar a robar una ferretería y de matar al vigilante, se peleó con Somoza y lo mató. Después de balearlo, le quemó la cara y las manos con un soplete para evitar que lo identificaran. Pero olvidó sacarle del bolsillo la cédula de identidad. Horas después, el nombre de Héctor Somoza llevó a la Policía directamente a Robledo Puch.

Desde su detención, volvió a estar en libertad una sola vez. Fue en julio de 1973, cuando escapó de la cárcel durante dos días, hasta que lo encontraron en un bar. Cercado, tuvo miedo por su vida, pero sabía que su nombre ya era una marca registrada: "No me maten: soy Robledo Puch", gritó.


A los 47 años

Hoy está preso en el penal de Sierra Chica, donde ha pasado más de la mitad de su vida. Lo detuvieron en febrero de 1972. Su imagen de niño confundido y desorientado, dio origen a los títulos que acompañaron su fotografía en los diarios: "Bestia humana", "Muñeco maldito", "El Unisex" y "Monstruo con cara de niño".

Por: Margarita Bernal
Fuente: El Clarín

 

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