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  Vlad Tepes, El verdadero Drácula

Vlad Tepes, el Empalador, conocido en el mundo entero como Drácula, nació en Rumania en el año de 1428. Hijo de Vlad Dracul (caballero de la Orden del Dragón-1431) y nieto de Mircea el Grande, soberano de Velaquia (1368-1418) fue uno de los príncipes rumanos que por sus diversas hazañas y su nada corriente personalidad, llamó la atención y ocasionó el interés de forma muy especial no sólo de sus contemporáneos, sino también de la historia y literatura actuales. Para algunos historiadores del tema, Drácula fue un heroico defensor de los intereses e independencia de su país y del cristianismo, mientras que para otros fue un caso patológico, el de alguien que torturaba, atormentaba y por supuesto mataba para divertirse, por puro placer.

Fue uno de los tres hijos legítimos de Vlad el Diablo, príncipe de Velaquia (antiguo principado danubiano, que formó con Moldavia el reino de Rumania). Hoy en día, dos regiones geográficas bien definidas: la Mutenia, situada al este del río Olt, y la Oltenia, al oeste. El viejo Vlad se gana por méritos propios el apodo de Dracul (el Diablo) por su afamada crueldad y sangre fría y que posteriormente heredaría su sucesor.

La infancia de Vlad fue muy difícil, fue educado como cristiano en Transilvania, pero su padre le dejó como rehén entre los turcos cuando sólo tenía trece años, viéndose rodeado de gente con un lenguaje, unas costumbres y una religión que no comprendía. Sus padres volvieron a Rumania dejándolo en Turquía a modo de promesa de que no les atacaría. Estuvo prisionero allí desde 1444 hasta 1448, cuando llegó la noticia de que su padre había violado la promesa hecha al sultán turco; sin embargo, éste decidió no matarle, pero sí utilizarlo como peón en sus planes y negociaciones diplomáticas.

Vlad ha pasado a la historia por su apodo Drácula (proviene de Draculea. La terminación "ulea" en rumano quiere decir "hijo de", lo que podría traducirse como "El hijo del Diablo"). Reinó como príncipe de Velaquia de 1456 a 1476, año de su muerte. El pueblo le puso como apodo también Tepes (Empalador) ya que esta era la pena capital a la que era aficionado y que aplicaba con prodigalidad, aunque esta última expresión, hasta mediados del siglo XVI no aparecía en ningún documento.

La vida y gracia de Vlad se conoce muy poco hasta el año 1456. Durante estos años, Vlad fue separándose de los turcos y estrechando las relaciones con su enemigo Lancu de Hunedoara, lo que sí era moralmente recusable, era sin embargo muy práctico.

No era nada extraño durante esa época el hecho de cambiar las ideas y conveniencias políticas de una manera un tanto extraña y del todo inesperada, sólo hay que echar un vistazo a la historia de los grandes y diversos reinos de la Europa Occidental. Este repentino viaje político se manifestaba sólo en una cosa: el deseo para Vlad de volver a reinar en Velaquia. Seguía atentamente las crecientes desavenencias entre Vladislav y Lancu hasta que el 23 de abril de 1452, Lancu inicia la guerra, arrebatando a su rival las ciudades y propiedades que poseía en Transilvania, circunstancia que aprovechó Vlad para ofrecerse al vencedor como pretendiente al gobierno de éstas, solicitando su ayuda y prometiéndole una "fidelidad inquebrantable".

Pero, el 6 de abril de 1545, Vladislav, negado y no resignado al hecho de ser derrotado, irrumpía en Transilvania arrasando, matando, quemando y saqueando. Vlad, deseando conservar su trono, solicitó y obtuvo el mando de un pequeño ejército, aprovechando la intervención en la guerra del monarca húngaro Ladislao V de Habsburgo, Archiduque de Austria y Rey de Bohemia, que veía amenazados sus intereses en la región. La pugna le fue favorable, logró apresar a Vladislav al que hizo decapitar en la ciudad de Tirgusor (cerca de Tirgovisthe, la antigua capital de Velaquia). El 3 de julio, fue una fecha importante para Vlad puesto que volvería a reinar y garantizaría a sus súbditos la protección contra los turcos y el libre comercio allende las montañas de Velaquia, a cambio de que éstos le prestaran ayuda en caso de guerra. 

Consolidado su trono, el Empalador se alzó contra los turcos a los cuales no pagaba los tributos que éstos exigían desde hacía tres años. El sultán Muhammad II, el conquistador de Constantinopla, conociendo el temple de su enemigo y el coraje y bravura de sus guerreros, prefirió utilizar la cabeza antes que la fuerza. Le envió como mensajero al colaboracionista griego Catavolinos, citándole en Giurgiu -fortaleza y puerto danubiano, no lejos de Bucarest- para solucionar un "pequeño problema fronterizo", apostando cerca de la población un destacamento de tropas escogidas al mando de Hamza Beg. Vlad fingió caer en la trampa, (ya se había olido que dicha citación no era normal y menos tratándose de un asunto aparentemente de tan poca importancia) e incluso se presentó con parte de los tributos pendientes y algunos presentes para el Sultán, pero a su vez traía consigo un fuerte contingente de caballería que derrotó a los turcos (puesto que éstos eran muy inferiores en número) tras apoderarse del lugar, hizo prisioneros además al griego y al general otomano, los cuales junto con el resto de los apresados fueron conducidos a Tirgovisthe, capital de Velaquia, y posteriormente empalados. Animado por el éxito, Vlad se pasó a la orilla derecha del Danubio, incendiando y saqueando tras derrotar a las tropas turcas.

El 11 de enero de 1462, en una carta que estaba dirigida al nuevo soberano húngaro Matías Corvino, daba cuenta de haber acabado con más de 24,000 enemigos habiendo hecho amontonar sus cabezas y contarlas, con la excepción de los que murieron en los incendios de sus casas. A consecuencia de estas incursiones los turcos estaban tan desmoralizados que muchos de ellos prefirieron abandonar Estambul ante el temor de que Vlad pudiera apoderarse de la ciudad, conquistada hacía pocos años y en la que aún quedaba gente que recordando el espléndido periodo bizantino no hubiera dudado en levantarse contra sus dominadores.

Después de 1462, cuando se encontraba prisionero en una celda de Budapest por orden del rey húngaro Matías, Vlad se dedicaba a capturar ratones a los que torturaba y empalaba. También sobornó a su carcelero para que le comprase pájaros en el mercado y se los llevara para arrancarles las alas y empalarlos.

Las circunstancias que permitieron a Vlad librarse de la prisión no están muy claras, pero es sabido que tomó parte en la batalla de Vaslui (en la región de Jashi, Moldavia), el 10 de enero de 1475, formando parte del contingente enviado por el Rey de Hungría al príncipe transilvano Esteban Báthory contra los turcos. Lo curioso, y por otro lado cierto, es que Vlad volvía a ocupar su trono el 11 de noviembre de 1476. Semanas más tarde, los turcos le sorprendieron desprevenido con una escolta de sólo 200 hombres -de los cuales sólo sobrevivieron 10 para contarlo- y le dieron muerte. La cabeza de Vlad fue enviada a Estambul y exhibida públicamente. Le sucedió su hermano Randu, que reinó hasta septiembre de 1500.

 

Las Historias De Vlad Tepes

La cena.
Cuentan que a Vlad le gustaba cenar rodeado de muertos y agonizantes. El príncipe disfrutaba comer el pan mojado en la sangre de sus víctimas, que recogía en cuencos para tenerla disponible en su mesa.

La comitiva del sultán.
Esta es probablemente la historia más conocida sobre Vlad. Una comitiva mandada por el sultán fue de visita oficial a ver al príncipe y se negaron a quitarse sus turbantes cuando se arrodillaron ante él. Vlad les preguntó: "¿Por qué os comportais de esta manera con un gran Príncipe?". Es la costumbre de nuestro país, mi señor, respondió el enviado. Entonces Vlad les dijo: "Quiero ayudaros en vuestras costumbres, de forma que realmente se os queden fijadas". De esta manera ordenó que sus turbantes fueran clavados en sus cabezas con pequeños clavos de hierro. Mientras marchaban, Vlad les dijo: "Id y decidle a vuestro líder que si se atreviese a menospreciarme, no me conformaría con eso. Que no se atreva a intentar llevar sus costumbres a mis tierras".

La muerte de 500 hombres.
De acuerdo con un relato popular, antes de llegar al trono en 1456, Vlad congregó 100 de los mejores boyardos en la entrada del palacio de Tirgoviste, junto con cinco obispos, los más importantes abades de los más importantes monasterios extranjeros y nacionales y el arzobispado. Mientras les miraba a la cara pensó que los asesinos de su padre y su hermano podrían estar entre ellos. Empezó a hablar... "¿Cuántos reinos habeis conocido, mis leales vasallos, en vuestra vida?" Después de algunas risas y murmullos, vino el silencio... "Siete, mi señor", dijo un hombre; "¡yo he sobrevido 30 reinados!", dijo otro; "Desde su abuelo, mi señor no ha habido menos de 20 príncipes. Y yo he sobrevivido a todos ellos", dijo un tercero. El más joven de todos ellos admitió que al menos había vivido por lo menos siete reinados.

De esta manera, cada boyardo comprobó la severidad de su nuevo Príncipe, porque el título de Príncipe y cualquier significado de él eran vistos con ironía. Vlad dio una orden y en pocos minutos sus guardias reales rodearon la entrada y a los 500 boyardos, sus mujeres y niños, éstos fueron empalados de inmediato cerca del palacio hasta que sus cuerpos se descompusieran o fueran comidos por los cuervos. Fue una lección para los que quedaron. Era mejor que guardaran lealtad al Príncipe o buscaran exilio en sus propios estados.

La mujer perezosa.
Vlad era una persona completamente obsesionada con el orden en su estado. Pocas veces dejaba marchar con vida a un soldado que viera mal ataviado en su ejército. Le gustaba ver a sus ciudadanos trabajar y no toleraba alrededor suyo a cualquier persona lenta en su trabajo.

Un día, conoció a un hombre que llevaba una camisa desarreglada y demasiado corta. Además, también advirtió que sus pantalones estaban completamente rotos por un lado. Vlad inmediatamente ordenó que se lo llevaran al castillo. "¿Estás casado?", le preguntó. "Sí, lo estoy, su alteza". "¿Cómo es posible que tu esposa permita que vayais con los pantalones rotos por un lado?". "¡No es digna de vivir en mi reino. Será castigada!", "Le pido su perdón, señor. Yo estoy contento con ella. Nunca deja la casa y es honesta". "Estarás mejor con otra si de verdad eres un hombre decente y trabajador".

Mientras tanto, dos de los hombres de Vlad habían llevado a la mujer al castillo para que fuera inmediatamente empalada. Después le llevaron a otra mujer que rechazó casarse con el reciente viudo. Vlad le enseñó a ésta lo que le había pasado a la anterior mujer del hombre y los motivos por lo que había sucedido. Inmediatamente aceptó casarse con el hombre y durante su matrimonio trabajó tan duro como pudo para que no le sucediera lo que a la anterior.

Las 160 monedas de oro.
Esta historia habla de un mercader extranjero, que sabiendo de la "justicia" en las tierras de Vlad, al pasar una noche en una posada dejó su carro lleno de dinero en la calle. A la mañana siguiente, y para su sorpresa, faltaban 160 monedas de oro. Pidió una audiencia con el príncipe. Vlad le respondió: "Esta noche encontrarás tu oro". A los habitantes de la ciudad les advirtió: "Encontrad al ladrón o destruiré la ciudad". Con la seguridad de que encontrarían al ladrón, Vlad ordenó que pusieran las 160 monedas de oro en el carro, y una más esa misma noche. Al mismo tiempo se encontró al ladrón y las 160 monedas de oro. El mercader dijo al príncipe que había encontrado una moneda de más. Vlad empaló al ladrón, se lo enseñó al mercader y le dijo: "Este hubiera sido tu destino si hubieras cogido la moneda de más".

Problema resuelto.
Vlad tenía un macabro sentido del humor, pues en cierta ocasión, mientras cenaba con un noble (rodeado de muertos y agonizantes), éste no podía soportar el olor de los cuerpos en descomposición y se tapó la nariz con la mano. A Vlad le pareció una falta de educación imperdonable, y ordenó que lo empalasen en una estaca muy alta, con lo que el invitado quedó clavado muy por encima de las otras víctimas, diciéndole: "Muy bien, tu problema está resuelto, ahora estás suspendido entre las brisas más frescas y limpias, ya que no tienes que soportar la pestilencia de estos cadáveres que se pudren aquí abajo…"

Por: Margarita Bernal
Fuente: Archivo del Crimen


Nota: El empalamiento consistía en atravesar a una persona con una estaca. El método era colocar a la víctima en el suelo con los miembros extendidos al máximo y atar un caballo a cada pie. Después se preparaba una gigantesca estaca o poste lo bastante sólido para sostener el peso de la víctima, se le redondeaba la punta -pues si la punta estaba afilada la persona moría rápidamente-. La estaca era untada de aceite para poder insertarla fácilmente en el ano. Los caballos avanzaban lentamente mientras se insertaba la estaca, y cuando ésta había quedado asegurada dentro del cuerpo, se cortaban las cuerdas de los caballos. Después, la infortunada víctima era levantada junto con la estaca y se iba hundiendo gradualmente en ella, muriendo poco a poco.

 

 

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