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Bombardeo visual

La abundancia de carteles publicitarios y luces potentes en la ciudad originó un nuevo tipo de contaminación que aqueja a los automovilistas.

Están instalados en puntos estratégicos con semáforos, señales viales y carteles indicativos, en una entreverada maraña visual. Promocionan productos y servicios pero además, afean el paisaje urbano y complican -más de lo imaginado- la visión de miles de automovilistas. Son los carteles publicitarios que, por sus exageradas dimensiones y desmedida abundancia, pasaron a ser los causantes de un nuevo mal: la contaminación visual.

Este tipo de contaminación, tan vigente en la era de la información visual, destruye el paisaje urbano, afeando fachadas y espacios verdes; afecta la psiquis de los que conciente o inconcientemente reciben una sobreestimulación de mensajes y perjudica notablemente la seguridad vial, ya que motiva la desconcentración de los conductores. Según estudios realizados recientemente, la contaminación visual afecta al ser humano esencialmente por encandilamiento o por exceso de información visual.

El encandilamiento -que puede producirse tanto por luces fijas como por las móviles o titilantes- produce la pérdida de la sensibilidad por la presencia de un estímulo más potente. Además perjudica la percepción del espacio, la orientación y la velocidad, y altera la coordinación de la actividad motora global. Por su parte, el exceso de carteles publicitarios favorece la fatiga cognoscitiva y el stress, deteriora el rendimiento intelectual y provoca distracción, por lo que el conductor no capta las señales viales o indicativas. Inconscientemente, el automovilista recibe información de los grandes carteles publicitarios, y deja de percibir las señales que debe atender para manejar correctamente. 

 

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