Inteligencia Emocional

Si de repente alguien le preguntara: ¿Sabe
usted sufrir?, seguramente respondería desconcertado: ¿Acaso
es posible aprender eso?...
La mayoría de los seres humanos desconocemos cómo lidiar con
nuestros estados de ánimo: casi nunca nos detenemos a pensar cómo
nos sentimos, por qué nos sentimos así o si podríamos sentirnos
de otra manera.
Desde pequeños, escuela y familia nos enseñaron a valorar el grado
de inteligencia y éxito de las personas a partir de sus habilidades
intelectuales. Sin embargo, existen otras maneras de ser
inteligente: la capacidad para manejar con eficiencia nuestras
emociones y sentimientos es una de ellas.
Inteligencia Emocional:
La habilidad para equilibrar y manejar nuestros estados de ánimo se
conoce como inteligencia emocional. Esta nos permite desempeñarnos
con armonía y éxito, manteniendo relaciones sanas y positivas con
los demás. Este tipo de inteligencia puede tener una influencia
decisiva en nuestra vida. Una persona con un buen manejo de sus
emociones suele tener más éxito y felicidad que alguien con
habilidades intelectuales sobresalientes, pero con dificultades para
manejar sus pasiones e impulsos.
La inteligencia emocional puede perfeccionarse y educarse a lo largo
de la vida. Al nacer poseemos rasgos genéticos que influyen en
nuestro temperamento, pero que pueden modificarse con el tiempo si
tenemos la voluntad de hacerlo. La infancia y la adolescencia son
etapas en las que se adquiere la mayor parte de los hábitos
emocionales que regirán nuestro comportamiento futuro. La pubertad
nos inunda con nuevos sentimientos y emociones que nos adoptan
cualidades, tanto masculinas como femeninas, más allá de nuestra
estructura corporal.
Es claro que aprender a educar y conducir nuestros estados de ánimo
es algo que no se logra en un par de días. La compleja relación
que existe entre el mundo oculto y misterioso de los sentimientos y
las diferentes esferas de nuestra existencia se convierte en una
disciplina que debemos practicar durante toda la vida.
Las emociones son energía pura, natural e inevitable; surgen y
desaparecen. Son ciclos y movimientos breves o prolongados: amor y
odio, alegría y furia, miedo y paz interior. Celos, confianza,
rencores, perdón, envidias y afecto son fuerzas capaces de generar
armonía y de producir impulsos que se anclan en luchas eternas.
La actitud que tenemos ante la vida, el mundo y las cosas que nos
rodean determina, o cuando menos afecta la manera en que vivimos.
Dos son las opciones que se abren ante nosotros: atorarnos en el
miedo y subsistir en la frustración, la inseguridad y la angustia,
o aprender a vivir desde la motivación, la alegría y la ilusión,
disfrutando la belleza del momento presente.
Todo sentimiento puede transformarse en algo positivo: el reto no es
sentirse bien, son asumir el mundo y los sentimientos tal cual son,
y convertir el dolor en una oportunidad para crecer.
Podemos identificar algunos pasos que nos permiten conducir, liberar
y trabajar el complejo mundo de nuestras emociones:
-
Reconocer lo que
siente nuestro cuerpo.
Sentir nuestra respiración nos ayuda a entrar en
contacto con nosotros mismos para percibir con atención lo que
pasa ahí dentro. Puede decirse que estamos más acostumbrados a
revisar lo que pasa por nuestra cabeza que lo que sucede en
nuestro corazón o lo que siente nuestro cuerpo.
-
Desahogarnos.
Sacar de forma positiva los estados de ánimo alterados,
utilizando la escritura, el dibujo, el baile.
-
Sentir empatía,
aprender a ponerse en los zapatos del otro.
Observar y entender al otro, respetarlo, ser empático y
aprender a comprenderlo, son la base de las relaciones armónicas
con los demás.
-
Establecer armónicas
con nosotros mismos.
Hay que recuperar la conexión entre nuestra conciencia y lo que
sentimos. Con el tiempo aprendemos a preguntar a nuestro cuerpo
qué necesita; si sabemos escucharlo, nos contestará.
En busca de la armonía:
Lograr armonía entre nuestra racionalidad y nuestras emociones no
consiste en reprimir lo que sentimos, o avergonzarnos de nuestra
debilidad, confusión o exaltación. Cada sentimiento tiene su valor
y sentido. Lo esencial es detectar la emoción observarla y
escucharla. Aquellos que incorporan sus emociones al acto de vivir
tendrán mayor disfrute y posibilidades de éxito. Cuando existe ese
equilibrio reinan el amor, la salud, la felicidad, el regocijo, la
creatividad y la satisfacción.
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