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Fray Bernardino de
Sahagún, cronista de la conquista a mediados del siglo XVI,
menciona a los hongos capaces de provocar alucinaciones, los cuales
recibían, entre diversas denominaciones, el nombre indígena
general "teonanácatl"; por ser considerados hongos
sagrados ("carne de los dioses").
El doctor Francisco Hernández, médico personal del rey de España,
escribió que había tres tipos de hongos narcóticos que se
veneraban. Después de describir las especies venenosas, anotó que:
"otros, cuando se comen, no causan la muerte sino la locura
que en muchas ocasiones es permanente; su síntoma es una especie de
risa incontrolable. Por lo regular se les llama teyhuintli, son de
un color amarillo subido, picantes y de una frescura no
desagradable. Existen otros que, sin inducir a risa, producen
visiones de todo tipo, tales como guerras e imágenes de demonios.
Hay otros que son muy apreciados por los príncipes en sus fiestas y
banquetes. Se procuran en vigilias imponentes y terribles que duran
toda la noche. Este tipo es de color tostado y algo picante en su
sabor".
Los españoles los catalogaron como hongos malos u hongos demoníacos
y fueron satanizados, de ahi que su existencia pasara casi
inadvertida a los europeos y, en general, a los mexicanos no indígenas
durante cuatro siglos, fue hasta la mitad del siglo XX en que fueron
redescubiertos por varios investigadores extranjeros.

Huautla de Jiménez
El 29 de junio de
1955, en las cercanías de Huautla de Jiménez (México), R. Gordon
Wasson y su fotógrafo Allan Richardson fueron invitados por una
chamán mazateca, María Sabina, a una "velada" donde serían
iniciados en el uso de los hongos visionarios. El conocimiento de
este tipo de hongos fue rescatado del olvido gracias a los esfuerzos
combinados de un grupo de pioneros, encabezado por el propio Wasson
y su esposa Valentina, el botánico Richard Evans Schultes y el
etnobotánico Blas Pablo Reko. En 1957, el micólogo francés Roger
Heim, colaborador y amigo de Wasson, logró cultivar con éxito
ejemplares de psilocybe mexicana en su laboratorio, y una
parte de los mismos fue enviada al genial Albert Hofmann, quien en
un breve espacio de tiempo logró aislar y sintetizar los alcaloides
indólicos psilocibina y psilocina, responsables de los efectos
psicoactivos de los hongos mexicanos. La publicación en la revista
Life, el 13 de mayo de 1957, del artículo de R. Gordon Wasson
titulado "En busca del hongo mágico", trajo como
consecuencia un creciente interés por los hongos visionarios y la
expansión del uso de los mismos en la sociedad occidental.

Maria Sabina y Gordon Wasson
Una segunda generación
de etnomicólogos entre los que destacan Jonathan Ott, Jeremy
Bigwood, Terence McKenna, Andrew Weill, Jochen Gartz, Giorgio
Samorini y Paul Stamets recogieron el testigo dejado por Wasson y
empezaron a desentrañar el misterio que aún rodeaba a los hongos
alucinógenos. El desarrollo de las investigaciones en este campo
permitió constatar la presencia de hongos psilocíbicos en prácticamente
todas las regiones del mundo.
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Psilocybe Mexicana
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Psilocybe Cubensis
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Psilocybe Cyanescens
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El uso de los mismos
a lo largo de la historia se ha revelado evidente tras el
descubrimiento de motivos artísticos que señalan la presencia de
un uso de estos hongos en culturas de diferente tiempo y lugar:
Tassili (Argelia), Kerala (India) y la Europa Medieval. Nos
encontramos sin duda ante una de las sustancias visionarias que más
ha influido en la cultura humana, y responsable -para algunos- de la
génesis de las religiones.
Por lo que respecta a México se sabe que muchos de estos hongos se
utilizan en ritos religiosos y oraculares entre los mazatecas,
chinantecas, chatinos, mixes, zapotecas y mixtecas de Oaxaca; los
nahuas y posiblemente los otomíes de Puebla y los tarascos de
Michoacán. Actualmente, son los mazatecas los que más utilizan los
hongos sagrados.
La psilocibina (O-fosforil-4-hidroxi-N-dimetiltriptamina), un
alcaloide fúngico o triptamínico de núcleo indólico fosforilado.
Esta psilocibina fosforilada es la forma estable del hongo. Ingerida
por el hombre se transforma se transforma mediante hidrólisis del
resto fosfórico en psilocina, que parece ser el principio fisiológicamente
activo.
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Psilicibina
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Psilocina
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Este alcaloide fúngico
posee una estructura molecular prácticamente idéntica al
neurotransmisor serotonina. Los neurotransmisores son los encargados
de llevar la información de una neurona a la siguiente. La
serotonina es la responsable de la percepción sensorial, la
regulación de la temeperatura y el inicio del reposo nocturno. La
psilocibina compite en eficacia con la serotonina en su ligazón con
las localizaciones sinápticas.
Quienes investigan este tema coinciden en afirmar que la
psilocibina, del cual no se conoce cantidad letal para los humanos,
ni hay antecedente alguno de intoxicación aguda, tiene un efecto
profundamente catalítico del impulso lingüístico. Mejora el
funcionamiento cerebral agudizando los sentidos. La psilocibina
produce un mayor efecto de despersonalización que el LSD. Estudios
psicométricos demuestran que la psilocibina acarrea modificaciones
individuales ligadas a la afectividad, sobre la propiedad que tiene
de estimular la memoria afectiva, provocando inhibición y
extroversión, facilitando la expresión de los sentimientos. Se
necesitan dosis superiores a los 0.8 gramos para que los efectos
sean apreciables. No se han descrito fenómenos de dependencia física
o psíquica, o enviciamiento.
Los efectos farmacológicos comienzan al transformarse por
desfosforilización la psilocibina en psilocina durantie la digestión.
Pasados unos 30 o 45 minutos desde la ingestión (la masticación
prolongada puede acortar este periodo de tiempo), se observa un
aumento de la temperatura corporal, enrojecimiento cutáneo,
alteraciones visuales y auditivas, sinestesias y, en general,
efectos similares a los producidos por el LSD o la mescalina. La
duración de la experiencia es de unas 3 a 6 horas, y la ingestión
de dosis altas suele producir un aumento en la intensidad de la
experiencia en lugar de prolongarla.
Los efectos físicos consisten, casi siempre, en aumento del pulso,
de la presión arterial, del ritmo cardíaco y de la temperatura
corporal, temblores en las extremidades, estremecimiento, escalofríos,
momentos de respiración arrítmica, anorexia, aumenta la salivación,
náusea, rubefacción, palidez, midriasis, micturación; sensaciones
somáticas subjetivas de debilidad, frío, calor, entumecimiento y
llenura del abdomen, entre otras.
Los efectos sicológicos son: alucinaciones, ilusiones, los colores
se avivan, los objetos se mueven y se deforman, se ven manchas,
destellos de luz, figuras geométricas y líneas zigzagueantes, así
como formas caleidoscopicas que cambian rápidamente, el gusto, el
olfato, el tacto y el oído se agudizan, hay sinestesias que es una
especie de traslación de tipo sensorial en otro; puede haber
cambios emocionales como reír sin un motivo aparente y sentir
hostilidad, sospecha o intenso afecto. También hay cambios en el
entendimiento, fácil distracción por estímulos externos o
internos, rápido flujo de ideas, pérdida del sentido del tiempo y
del espacio, despersonalización, con una separación del cuerpo y
de la mente.

Pero hay una
experiencia superior de la experiencia con psilocibina y ésta es la
total apertura al éxtasis chamánico que proporciona. Fuertes
vivencias de embriagadora profundidad en la que se disuelven los límites
que la conciencia ordinaria impone. Una suerte de acceso hacia las
otras realidades sitas en lugares que están más allá de este
superholograma al que llamamos mundo físico. No es de extrañar que
los físicos cuánticos vanguardistas vean en las sustancias alucinógenas
una interesante vía de acceso a los mundos que pueden teorizar
desde las matemáticas. Esta sustancia que suele describir cuadros
de percepción suprasensorial, tiene actualmente un consumo
extendido en los países del norte de Europa y Escocia, sobre todo
en las discotecas de música House y Trance. En Holanda se pueden
comprar en algunos establecimientos estas setas de forma legal,
contrastando con la persecución que sufre en Alemania.
Por: José Luis Vrátný |