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A partir del 11 de septiembre, con el atentado terrorista en las Torres Gemelas, el mundo entero tomó conciencia de una nueva realidad: vivir es peligroso aún en aquellos lugares considerados “seguros”.
Junto a lo ya “globalizado”, es decir, distribuido por todos los rincones del planeta, se ha esparcido un nuevo producto: el riesgo. Todo lo que se gana con el progreso técnico y económico, se ve empañado por la producción de riesgos. Y estas inseguridades y peligros no aparecen espontáneamente. Provienen de las dos principales irracionalidades que hoy padece el mundo contemporáneo: la destrucción de la naturaleza (crisis ecológica) y la explotación y marginación de miles de millones de seres humanos (crisis social).
En 1992 , durante la inauguración del primer Congreso Internacional de Economía Ecológica en Washington, el entonces presidente del Banco Mundial (BM) reconoció la existencia de una profunda crisis ecológica de escala global. Casi una década después James Wolfensohn, el actual presidente del BM, declara lo siguiente: lo que se ha vuelto evidente es que el 11 de septiembre "...la pobreza de un lugar del mundo se trasladó en forma de violencia a otro lugar del mundo".
Lo que se reconoció hace ya una década con la crisis ecológica, vuelve a confirmarse mediante los efectos provenientes de la despiadada desigualdad económica y social: estamos habitando un solo mundo, donde nadie está seguro. La antigua idea de que el espacio social y geográfico estaba formado por regiones, países y territorios separados y distantes se ha vuelto insostenible, y ya no sirve para interpretar la realidad presente. La globalización del riesgo nos viene a recordar que el espacio social ya es sólo uno, de la misma manera que la sociedad y la naturaleza no son ya sino las dos caras o los dos componentes de un mismo proceso.
La globalización de la inseguridad se manifiesta en dos vertientes:
En lo ecológico, a través de los nuevos fenómenos globales: la destrucción de la capa de ozono, el incremento de las temperaturas y sus potenciales consecuencias (como la subida del nivel del mar por el derretimiento de los cascos polares), el incremento en el número y la intensidad de los huracanes, y la contaminación descontrolada de agua, costas, aire y alimentos.
En lo social, el mundo se fue haciendo cada vez más peligroso en tanto la injusticia, la marginación y la desigualdad se multiplicaban a la par del incremento demográfico de las mayorías. Las proyecciones estadísticas del BM son sencillamente lapidarias: hacia 2025 la población de los países ricos será la misma, mientras que la del resto, la mayor parte de la cual sobrevive con uno o dos dólares al día, se incrementará en 2 mil millones.
El 11 de septiembre, en Estados Unidos se vulneró un espacio aéreo que parecía inviolable. En todo el mundo, hora tras hora, se vulneran libertades y derechos que deberían ser inviolables. Si no se modifican las actuales situaciones, las nuevas armas del terrorismo que se incuban en las regiones pobres del mundo (la guerra química y biológica, entre otras), terminarán extendiendo la “sociedad del riesgo” hasta los últimos bastiones de la población privilegiada. Así como un microbio arrasa a las masas más pobres, desinformadas y desprotegidas del mundo (en Africa han muerto 17 millones de personas a causa del sida y viven infectadas más de 25 millones), hoy bien podría ocurrir que las poblaciones ricas de Occidente se enfrenten indefensas a un microorganismo letal esparcido intencionalmente.
La “globalización de la inseguridad” tiene otro lado oscuro: con el advenimiento de Internet, nuestro derecho a la privacidad ya es casi una utopía. Cualquiera puede tener acceso a nuestros datos personales, los de nuestra familia, nuestras empresas, a nuestra correspondencia… y estamos indefensos. La “Red” es algo así como un agujero negro de la legalidad, donde todo se vuelve incontrolable y nada está prohibido.
Una “nueva realidad”… que no es tan nueva.
Más allá de las particularidades ideológicas, económicas o militares que adquieren las nuevas guerras, existe un hecho inédito: hoy ya es posible, mediante la oferta tecnológica, informática y cultural que facilita la globalización, trasladar el riesgo que entraña la pobreza del Africa subsahariana, el Medio Oriente o Centroamérica hasta Nueva York, Londres o Tokio. El terrorismo, como antes las migraciones, se ha convertido en el agente globalizador de la crisis social de la especie humana.
Y esto no comenzó el 11 de septiembre. En cierta forma, la inseguridad está globalizada desde hace décadas.
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Las grandes redes de tráfico ilícito de armas y drogas tienen “sucursales” en todas las ciudades y hasta en miles de pequeños pueblos de todo el planeta.
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El delito común tiene vínculos estrechos con las redes internacionales del crimen organizado, aunque en la mayoría de los casos sus autores no son conscientes de ello.
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El robo de automotores es un claro ejemplo: el "levantador" no sabe si el automóvil va a ingresar en un circuito comercial legal o va a ser usado por una banda de narcotraficantes.
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Similar es el caso de los atentados terroristas en los cuales una organización que no tiene completa la conexión local se puede valer, para algunos tramos de la operación, de delincuentes comunes. Estos no se sienten partícipes y prestan sus servicios como un trabajo delictivo más, por un interés económico y sin compartir las intenciones ideológicas de quienes los contratan.
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Las grandes ciudades constituyen un complejo desafío a la gobernabilidad y al control en todas las naciones del planeta. Millones de seres humanos se desplazan diariamente, se transportan y distribuyen toneladas de mercaderías y bienes en forma lícita. Pero en ese mismo marco se generan redes de actividades ilícitas que se entrecruzan con el funcionamiento legítimo de las instituciones, las empresas y las personas.
A esta situación hay que agregar el problema de las masas de jóvenes que, empujados a la marginalidad por las políticas neoliberales, advierten que su futuro es aún peor que el de sus padres desocupados. Los medios de comunicación masivo ponen lo suyo, con su desfile de vanidades. Todo el resentimiento acumulado en esos jóvenes no necesita de un gran estímulo para estallar, apenas un poco de alcohol o de drogas... y a veces, ni siquiera eso.
Al desafío de combatir la inseguridad urbana, con sus matices locales, se suman dos escollos: el crimen organizado y el terrorismo internacional. Algunos delitos se pueden combatir “in situ” con la participación de municipios y ciudadanos, pero otros requieren la atención de una verdadera red de control internacional.
La otra “globalización”, la de entrecasa.
Hemos visto como el riesgo de vivir es un problema universal. Pero si lo observamos desde otra perspectiva, ese problema es más que una cuestión “global” en el sentido de algo que sucede en todo el mundo. La otra “globalización”, aún más perversa, va un poco más allá.
La inseguridad, hoy, no sólo está en todas partes: está en todos los ámbitos de nuestra vida diaria. Y tiene muchos rostros. En Argentina estamos indefensos, por ejemplo:
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Frente a los delincuentes que pueden atacarnos en la calle, en nuestra casa o lugares de trabajo.
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Frente a los poderosos que acceden a las prácticas más sofisticadas del delito y actúan con absoluta impunidad.
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Frente al juez inmoral que trafica con la misión de impartir justicia, que actúa en combinación con poderosos estudios jurídicos, que redacta sentencias al gusto del cliente o facilita que otros se las redacten.
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Frente al policía corrupto que protege organizaciones delictivas y, a veces, las integra.
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Frente a un estado indolente que condenó a la condición de parias a miles de ciudadanos, apropiándose de sus ahorros y estafándolos a cara descubierta.
¿En quién confiar? ¿A quién pedirle protección? Las consecuencias de tantas inseguridades juntas son nefastas para nuestra sociedad.
Debemos recordar que la seguridad es un derecho, y es un bien social. Por eso mismo, pensar en la seguridad como algo relacionado solamente con nuestra vida física o nuestros bienes, es quedarse en la superficie del problema.
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