La Tierra: Entre el Cielo y el Infierno

Un día después de la pasada Navidad, el 26 de diciembre de 2004, un terremoto en el fondo del mar de magnitud superior a 9 en la escala de Richter, causado por la fricción entre dos placas tectónicas: la de la India y la de Birmania en una zona de conocida inestabilidad, provocó un maremoto destructor que acabó con casi 300.000 vidas en el océano Índico. Es una sucinta pero certera descripción de un fenómeno casi tan antiguo como la Tierra, pero que hace sólo un siglo no se podría haber hecho. Ni se conocía la existencia de las placas tectónicas, ni el mecanismo de los maremotos y tampoco se sabía cómo medir los terremotos. Una frase así es un indicador impecable de lo que ha avanzado el conocimiento de nuestro planeta en las últimas décadas, lo que a su vez abre una vía de esperanza para que, a través de ese conocimiento, se pueda llegar a la prevención de este tipo de desastres naturales.
La Tierra está viva, tiene vida biológica en su superficie, un ciclo atmosférico en perpetuo movimiento y también se mueve por dentro. Es una máquina que extrae energía del Sol y de su propio interior. Pero no habla, sólo los terremotos y las erupciones volcánicas dan una idea directa de lo que pasa en las profundidades, un infierno que debería parecernos pavoroso pero con el que convivimos normalmente, sin apenas acordarnos de lo que hay debajo de nuestros pies hasta que una catástrofe natural como el reciente maremoto nos lo recuerda.
El estudio científico de la Tierra dio sus frutos en el siglo XX
A la Tierra ha habido que extraerle su historia, y ahora está en perpetua observación para detectar lo que pasa y lo que viene. A ello se dedican miles de científicos, ingenieros y técnicos en todo el mundo. El conocimiento se acumula y permite, por ejemplo, el descubrimiento razonado de yacimientos de petróleo, el motor actual de la economía. El rastreo de la historia de la Tierra y de la historia de la vida en la Tierra ha sido y todavía es una aventura apasionante de la ciencia, que despegó en el siglo XIX y empezó a dar plenamente sus frutos en el XX. Mucho de lo que se ha descubierto, incluso recientemente, ya ha pasado a los libros de texto y ahora se da por sentado, pero hay que recordar que es el resultado de una labor detectivesca que abarca muchos años y está llena de avances y también de retrocesos.
Un escenario de choques que dejaron sus cicatrices
Ahora sabemos que el planeta nació hace más de 4.000 millones de años en un violento y casi inimaginable escenario de choques entre la materia que se había acumulado alrededor del Sol, nuestra estrella. Los cráteres que algunos de aquellos choques dejaron, todavía visibles, son las cicatrices de la Tierra, que ahora se enfría lentamente en un vecindario más tranquilo, sin que por ello se pueda excluir que se produzcan nuevos choques con asteroides o cometas que se crucen en su camino. Si apenas nos acordamos de lo que hay bajo nuestros pies, pasa lo mismo con nuestro lugar en el cielo, en el universo, un escenario todavía más inabarcable que se nos presenta sumamente hostil por un lado e infinitamente atractivo por otro.
La Tierra forma parte del universo y la historia de ambos se ha desvelado en procesos de indagación paralelos, aunque muy distintos, que han tenido lugar en el siglo pasado en su mayor parte y que todavía continúan. Indudablemente, existe mayor certeza sobre lo que se conoce de nuestro planeta que sobre lo que se conoce del universo. El modelo llamado estándar es el comúnmente aceptado y comprende una Gran Explosión que da origen al universo. Éste se encuentra en expansión y, en su interior, la Tierra es sólo un punto pequeñísimo que orbita una estrella vulgar situada en una galaxia como tantísimas otras. No es extraño, si se tiene en cuenta el cambio de escala entre el estudio de nuestro planeta y el del universo, que la seguridad sea menor, pero con todo, muchos físicos consideran el hecho de haber llegado al modelo estándar como toda una hazaña que proporciona un marco estable a partir del cual avanzar en el conocimiento.
Hay muchas formas de estudiar el globo terráqueo y éste nos presenta los datos, pero hay que saber leerlos y conocer que la evolución del planeta y la de la vida en la Tierra se debe a una mezcla de procesos físicos –tectónicos, oceanográficos y atmosféricos, explican los expertos–. Los geólogos se paran de repente frente a un afloramiento rocoso o cogen una pequeña piedra y deducen lo que pasó en aquel lugar hace millones de años, cómo se formaron las rocas y cómo actuaron el viento y el mar sobre ellas. Los paleontólogos ven un dibujo en una pared rocosa y describen una planta o un animal que vivió allí hace también millones de años. Los biólogos miran una pequeña esfera en un microscopio, le extraen el material genético y encuentran un nuevo hongo.
Sólo conocemos en detalle los 10 kilómetros superficiales
Los meteorólogos han aprendido a descifrar los mensajes de la circulación atmosférica, los patrones nubosos y las temperaturas. Los oceanógrafos están haciendo lo mismo con la circulación en los mares y la interacción con la atmósfera.
La Tierra mide 6.378 kilómetros de radio en el ecuador, pero sólo conocemos con cierto detalle los diez kilómetros superficiales. Del resto, hasta el centro, que está formado supuestamente por un núcleo de hierro, hay datos indirectos –procedentes precisamente de los terremotos–, modelos e hipótesis y poco más. Como dice David J. Stevenson, sabemos más de lo que está encima de nuestras cabezas que de lo que tenemos bajo los pies. Este catedrático de ciencias planetarias ha propuesto provocar una fisura en la corteza terrestre y tirar una sonda por ella. El físico Walter Winter dice que disparar neutrinos, partículas fundamentales que atraviesan fantasmalmente la Tierra en grandes cantidades procedentes del espacio, hacia un detector situado en las antípodas daría también información sobre el globo terráqueo.
Intereses económicos en la investigación geofísica
Ésta es quizás el área en la que se ha avanzado menos en más de un siglo, desde que Julio Verne recogió la inquietud científica y popular de la época en su novela “Viaje al centro de la Tierra”. La situación tiene cierta lógica, ya que la investigación en geofísica se ha movido en gran parte por intereses económicos y sociales. A la sociedad le interesa controlar el entorno más inmediato, la zona más superficial, cómo acceder a las materias primas, en forma de minerales, metales preciosos o hidrocarburos, por ejemplo, o cómo protegerse de los terremotos y las erupciones volcánicas. Y para ir más allá hace falta mucho dinero, sin que se prevean frutos a corto plazo.
Incluso en el campo de la prevención de terremotos y erupciones, aunque el conocimiento ha aumentado mucho, las técnicas para adelantarse a ellos apenas lo han hecho. En parte es un problema de elección social –como lo demuestra el alto grado de vigilancia tecnológica que hay en Japón, donde la sociedad tiene conciencia del alto riesgo que corre– y en parte es un tema puramente científico. No se sabe todavía lo suficiente de lo que pasa en la superficie y en la zona que hay debajo y algunas teorías que llegaron a considerarse fiables no se han confirmado. La recurrencia periódica de terremotos en una zona es una de estas hipótesis, que ha llevado, por ejemplo, a Estados Unidos a gastar enormes sumas de dinero en la vigilancia de la falla de San Andrés, en California, ante la casi certeza de que se iba a producir el Gran Terremoto a corto plazo. Cada vez que hay un gran terremoto surge la pregunta en el mundo interconectado en el que vivimos:¿ Hay más terremotos ahora que antes? La respuesta es siempre la misma. No. De hecho, el enfriamiento del planeta, su pérdida paulatina de energía desde su formación, induce a pensar en una disminución de los movimientos sísmicos en términos estadísticos. Lo que ha aumentado muchísimo es la población expuesta a estos riesgos en zonas históricamente activas y de ahí la mayor destrucción que causan estos fenómenos naturales.
Puede parecer que queda poco por explorar en la Tierra, pero sólo si la exploración se contempla desde una óptica tradicional de las expediciones de descubrimiento de nuevos territorios, nuevas civilizaciones, montañas y mares. Ahora se explora el cosmos, el sistema solar, la biodiversidad desconocida y en peligro, los patrones climáticos probablemente a punto de cambiar, el pasado de la vida en la Tierra de la mano de la teoría de la evolución presentada por Darwin en el siglo XIX, y para ello se dispone de instrumentos científicos y tecnológicos antes impensables que están abriendo nuevas fronteras. Una de ellas es la del fondo del mar, donde en los últimos veinte años, además de descubrir el Titanic o extraer petróleo del hundido Prestige a 4.000 metros de profundidad, los sumergibles robóticos y tripulados están encontrando, a todavía mayor profundidad, fascinantes seres vivos alrededor de volcanes y fumarolas submarinas, un ejemplo más de cómo la Tierra viva sostiene la vida en la Tierra.
Es preciso resolver el enigma del registro fósil
El estudio de la evolución de la vida en nuestro planeta resulta especialmente interesante, porque nos toca más de cerca y supone resolver hasta donde sea posible el rompecabezas del registro fósil, incluido el humano, y también remontarse más allá hasta el origen de la vida en el globo terráqueo. Éste es un campo de investigación fascinante, pero que se mueve todavía en el terreno de las hipótesis y que úLtimamente gravita en torno a confusas señales: los rastros supuestamente dejados en rocas antiquísimas por microscópicos seres vivos –¿bacterias?–. Estos rastros están en el centro de una verdadera guerra, entre los que ven en ellos un origen biológico y los que lo ven geológico. Guerra sin ganadores todavía, que se ha extendido a la búsqueda de vida microscópica extraterrestre y mueve incluso misiones espaciales, como las que se han mandado o mandarán a Marte o a la luna Europa. Los expertos, hasta los más entusiastas, se han resignado a que, si hay marcianos, no serán hombrecitos verdes, sino bacterias escondidas.
En palabras del experto Andrew Knoll, “la vida se expandió y diversificó hasta convertirse en una fuerza planetaria por derecho propio, uniéndose a procesos tectónicos y físico-químicos en la transformación de la atmósfera y los océanos (“La vida en un joven planeta”. Colección Drakontos. Editorial Crítica). Pero como dice también Knoll: lo importante es “cómo sabemos lo que creemos saber”...“ entender cómo se infiere que unos fósiles microscópicos pertenecen a bacterias fotosintéticas, cómo se averigua que las rocas que los rodean se formaron en antiguas llanuras mareales y cómo se estima su edad en 1.500 millones de años”. Una vez más, lo importante es la exploración, movida por la curiosidad y de la mano de la ciencia, y todavía queda mucho por explorar.
Malén Ruiz de Elvira
Fuente:Muy Interesante
|