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Asesinato Serial

La nueva nomenclatura del mal

Autor del libro "Los que combaten a los monstruos", el responsable de este artículo es un ex agente del Buró Federal de Investigaciones estadounidense, FBI, y uno de los más connotados expertos en el fenómeno de los asesinatos seriales. Fue Robert Ressler quien acuñó el término "asesino serial" y aportó a la ciencia criminológica una esclarecedora visión de la psicología de esta clase de criminales. 

Como fenómeno social, el asesinato en serie tiene solamente unos 125 años de antigüedad, a partir de una ola de violencia interpersonal que se ha ido elevando desde mediados del siglo XIX. Esto está conectado con la creciente complejidad de nuestra sociedad y con la enajenación del ser humano considerado individualmente. 

En los últimos años ha habido asesinatos de empleados de supermercados, de mujeres temporalmente solas en complejos departamentales, de niños pequeños, de prostitutas. Donde sea que la gente viva aislada, donde los vecinos difícilmente se conozcan uno al otro, donde las familias no guarden entre sí una relación muy cercana, donde los adolescentes vaguen por calles peligrosas, donde sea que la violencia aparezca como una respuesta viable a los problemas, el apogeo del asesinato serial será una reacción problemática. 

Antes de que yo acuñara el término "asesino serial" a mediados de los años setenta, dichos crímenes eran referidos como "asesinatos por una o más personas extrañas", para diferenciarlos de aquellos en los que la víctima era asesinada por alguien conocido, frecuentemente un familiar. 

Una de las razones por las que Jack el Destripador asustaba a aquellos que oían o leían acerca de él, mientras se encontraba en activo, era la noción de que mataba personas ajenas a su vida personal, esto llevaba inevitablemente a la idea de que todo el que saliera simplemente a caminar durante la noche debía temer a cualquier desconocido que cruzara en su camino. 

En aquel tiempo semejantes asesinatos eran enteramente inusuales, tanto en Gran Bretaña como en el resto del mundo. Los grandes asesinos individuales (contrariamente a los asesinos de guerra) en la historia han sido del tipo de "Barbazul", aquellos que mataron a sus esposas, una por una, o masacraron a sus familias. 

Para la mayoría de la gente, los componentes emocionales de la violencia intra familiar parecen comprensibles. Todo mundo, de una u otra forma, ha considerado la idea de levantar una mano furiosa contra un cónyuge o un hijo, y son capaces de entender cómo, en un ataque de ira, esa emoción puede desembocar en crimen. Pero los componentes emocionales del "asesinato por una o más personas extrañas" parecían incomprensibles. 

Durante la Edad Media, esta incomprensibilidad se tradujo en atribuir tales crímenes a vampiros u hombres lobo. Las causas sobrenaturales, pensaba la gente de la era prefreudiana, eran la única explicación lógica para los asesinatos excesivamente salvajes, los desangramientos y otros actos monstruosos. El vulgo adjudicaba elementos demoníacos a esos hechos -y yo no podría decir que estaban equivocados por completo, porque aun ahora, cuando tratamos de explicarnos los actos canibalísticos de un Jeffrey Dahmer, esos actos nos parecen diabólicos y más allá de todo entendimiento. Podemos atribuirlos al comportamiento humano llevado a sus extremos, pero aun diciendo eso y demostrando cómo esas conductas pueden ser rastreadas hasta sus causas en la niñez y en las taras genéticas, la explicación no resulta suficiente. 

La incapacidad para entender esta violencia contra los extraños es claramente un elemento que, en retrospectiva, parece ilustrar la dirección incorrectamente seguida por los investigadores en el caso de Jack el Destripador. Últimamente he visitado los sitios de los crímenes del destripador junto con John Grieve, director de inteligencia del Nuevo Scotland Yard, y he aprendido mucho acerca del caso. 

Basándome en ese recorrido, me convencí de que la policía había buscado a la clase equivocada de sospechoso, concentrando sus esfuerzos en sujetos de clase elevada: médicos, figuras políticas e incluso un miembro de la realeza (el nieto de la reina Victoria). El tipo de víctimas, las zonas que frecuentaban y las circunstancias de los crímenes hacían mucho más probable que el agresor perteneciera a la misma clase social de las prostitutas; si el asesino hubiera sido de una clase tan diferente su presencia en el área hubiera sido recordada y fácilmente advertida por los vecinos. 

También me pareció claro que el destripador fue un asesino "desorganizado", un hombre trastornado cuyo deterioro mental se acrecentaba más con cada víctima. El incremento en su violencia, en el salvajismo de los desmembramientos y en el desorden general en las escenas de los crímenes son evidencia de ello. Si el asesino se trastornaba cada vez más es lógico pensar que tocó fondo y enloqueció al grado de no poder seguir matando, para terminar suicidándose o recluido en un manicomio. En ambos casos habría desaparecido de la sociedad. El suicidio o el confinamiento de por vida explican el hecho de que jamás fuese aprehendido. 

Sólo la locura, pensó la gente de los años veinte, podría explicar acciones como las del asesino serial estadounidense Albert Fish, quien sacrificó y posiblemente devoró parte de los cuerpos de entre ocho y 15 niños, o de Vincent Verzeni, en Italia (1867-1871), que asesinó a varias jóvenes para luego beber su sangre. El eminente "mentalista" Richard Kraft-Ebbing escribió acerca de Verzeni y el componente sexual de sus crímenes: 

"Tan pronto sujetaba a la víctima por el cuello experimentaba sensaciones sexuales. Le daba enteramente lo mismo que la mujer fuera vieja, joven, fea o hermosa. Por lo general, el simple hecho de comenzar a asfixiarlas lo satisfacía e incluso dejó a las víctimas con vida. En los dos casos de asesinato, la satisfacción sexual se dilató, por lo que continuó asfixiándolas hasta que murieron. La gratificación experimentada en estos estrangulamientos fue, según él, mayor que la de la masturbación". 

En cuanto a Jack el Destripador, aunque sus asesinatos no incluyeron jamás el coito, contenían una motivación sexual: el arma homicida era un cuchillo, y la introducción de un cuchillo en el cuerpo sustituye a la introducción del pene. La mayoría de los policías y psiquiatras no han entendido el significado psicológico del cuchillo u otros objetos agresores. En la mayor parte de los asesinatos seriales el instrumento de elección ha sido el cuchillo; el segundo método más favorecido es el estrangulamiento y, el tercero, ahogamiento por sofocación. Los asesinos en serie por lo general no utilizan armas de fuego, que matan a la gente a distancia; más bien desean la satisfacción personal de causar la muerte con sus propias manos. 

La satisfacción sexual para Jack el Destripador, y otros de su clase, se derivaba de ver correr la sangre de la víctima. En el caso de Jack hubo signos aún más evidentes de la naturaleza sexual de los crímenes, como el hecho de que haya extraído el útero a varias de sus víctimas. A la última de ellas no sólo extirpó el útero, también le cortó la nariz y las orejas, mismas que colocó sobre un seno mutilado a modo de imitación grotesca de un rostro humano. 

Dado que la satisfacción obtenida de esos crímenes es sexual, siempre existe la posibilidad de que el perpetrador ataque de nuevo, ya que el impulso sexual persiste tras la consumación del hecho. Ese impulso es también un componente de la naturaleza serial de los crímenes. En Alemania, el "Acuchillador de Berlín" apuñalaba repetidamente el abdomen de jóvenes mujeres, y el "Acuchillador de caderas de Metz" atacó por lo menos a 23 chicas en esa área del cuerpo, con una aguja larga como arma. Una réplica del criminal de Metz. El "Destripador tirolés", acuchillaba a las muchachas en los genitales. 

Es importante notar que el componente sexual en estos crímenes no parte de una sexualidad normal sino de una amplia gama de perversiones asociadas con el acto sexual en sí. La venganza, la expresión del poder y el dominio sobre otro están presentes en esas matanzas, donde también aparece la necesidad de humillar sexualmente a la víctima, de degradarla y colocar su valor por debajo del de un objeto inanimado. Cuando los cuerpos son mutilados o desfigurados, el asesino está tratando de eliminar cualquier vestigio de humanidad de su víctima. Muchos asesinos, al ser arrestados, se sorprenden de que la sociedad se ocupe tanto de sus víctimas, por las que ellos sólo pudieron experimentar desprecio. 

Como se ha visto en los ejemplos anteriores, el asesinato serial es casi exclusivamente un fenómeno urbano. Las grandes ciudades no sólo proveen de un número enorme de víctimas potenciales sino también de escondites para el asesino, quien fácilmente puede confundirse entre la multitud y conservar su anonimato. En los pueblos o ciudades muy pequeñas, cualquier comportamiento o suceso fuera de lo común es rápidamente notado, y la información al respecto se extiende a toda velocidad. Esto conduce fácilmente a la policía hacia el asesino serial potencial antes de que éste aumente su número de víctimas. 

Viendo en retrospectiva la historia del asesinato serial encontramos que muchos de los componentes conductuales que actualmente asociamos con la personalidad de estos criminales aparecían en las vidas de aquellos que cometieron crímenes similares en el pasado. Consideremos a Vacher, el "destripador" francés de los años noventa del siglo pasado. Como la policía descubrió tras su arresto, Vacher había torturado animales, efectuado actos de exhibicionismo y realizado prácticas sexuales aberrantes. Durante su juventud fue recluido varias veces en instituciones mentales, pero Vacher no comenzó a matar sino hasta llegar a la edad adulta. Estos factores han sido notados en varios asesinos seriales. Muchos de ellos no exhiben comportamientos homicidas antes de los 20 años, y sólo después de que su vida sexual ha sido frustrada o interrumpida en alguna forma. En el caso de Vacher, el elemento desencadenante pudo haber sido el rechazo de una joven a la que él propuso matrimonio; después de lesionar a la chica, Vacher inició un recorrido por todo el país, durante el cual cometió los 11 asesinatos de que fue acusado. Todas las víctimas -tanto mujeres como hombres muy jóvenes- fueron violadas tras su muerte. 

Desfigurar los genitales de las víctimas parece haber sido característico de los asesinos seriales previos a la época en que se dieron a conocer las teorías de Freud. El británico Alton, el romano Menesclou, otro europeo apodado "Gruyo el destripador", todos ellos extirpaban los órganos sexuales de sus víctimas. 

Peter Kürten, el "Vampiro de Dusseldorf", en los años veinte de nuestro siglo, provocó varios incendios antes de empezar a asesinar mujeres; los actos incendiarios son un delito que frecuentemente precede a conductas más violentas, y contienen suficiente connotación sexual. Asesinos de la época actual como David Berkowitz, "El hijo de Sam", han comenzado también provocando incendios en casas. Kürten dijo a uno de los psiquiatras que lo interrogaron: "Me resulta placentero el fulgor de las llamas. Me produce tanto placer que en esos casos obtengo una satisfacción completamente sexual". Eventualmente, Kürten planeaba ir más allá de los asesinatos individuales; él deseaba aniquilar comunidades enteras por medio del fuego y la dinamita. 

Muy pocos de esos primeros asesinos seriales fueron interrogados respecto a sus fantasías -un elemento muy importante en el homicidio sexualmente motivado-, pero aquellos que hablaron con doctores, abogados u otros confidentes dejaron narraciones que hacen eco a muchas otras que después saldrían de los labios de asesinos seriales de los últimos años. 

El extraño criminal conocido como "Sargento Bertrand", que vivió en Francia a mediados del siglo XIX, confesó a la policía que había empezado a masturbarse a los nueve años de edad, y que ese acto siempre iba acompañado por fantasías sádicas de maltrato a las mujeres. Posteriormente comenzó a imaginarse a sí mismo ultrajando cadáveres femeninos. Para la edad de 13 o 14 años su fantasía consistía en un cuarto lleno de mujeres a las que torturaba en todas formas posibles para después asesinarlas. Acto seguido, Bertrand comenzó a exhumar cuerpos de los cementerios y a violar los cadáveres. Fue arrestado antes de que iniciara con los asesinatos de mujeres para suplir su necesidad de cuerpos frescos. 

Comparando su confesión con la de Edmund Kemper hay varios puntos en común siniestros. Kemper dijo al psiquiatra: "Tengo fantasías relacionadas con asesinatos masivos, grupos seleccionados de mujeres que yo pueda encerrar en una habitación, asesinarlas y hacer entonces un amor salvaje y apasionado con sus cuerpos". 

John George Haigh, el británico que confesó haber cometido nueve asesinatos y que fue ejecutado en 1949, dijo tener sueños en los que bebía sangre, poco antes de iniciar su serie de crímenes. Todos estos asesinos coinciden en una cosa: cometieron sus asesinatos después de mucho tiempo, incluso años, de fantasear respecto a ellos. 

Es interesante que los asesinatos seriales hayan prácticamente desaparecido durante la Segunda Guerra Mundial, en la que hubo homicidios a una escala mucho mayor tanto en los campos de concentración nazis como en los frentes de batalla. Tras la guerra, sin embargo, esos asesinatos comenzaron de nuevo -predominantemente en estados Unidos, pero también en otras poblaciones- y desde entonces han aumentado a una velocidad considerable. 

Esto puede deberse a que la sociedad moderna ha procreado jóvenes que fueron niños solitarios, que se volcaron a la fantasía como resultado de abusos físicos y psicológicos durante su niñez y resultaron mentalmente incapaces de establecer una relación sexual normal, madura y gratificante durante su vida adulta. 

La fusión letal de compulsiones sexuales con impulsos agresivos que caracteriza a los asesinos seriales parece ocurrir en las sociedades más modernas, especialmente en aquellas que proveen víctimas potenciales en la forma de prostitutas que deambulan por las calles, niños desprotegidos en parques públicos y yendo y viniendo de la escuela sin compañía, o grupos de adolescentes que escapan del colegio o de su familia. Ted Bundy pudo encontrar más de 30 atractivas jóvenes blancas que se peinaban con el cabello partido al medio y que no eran reacias a tener una cita con un desconocido. 

En los años treinta o aun en los cincuenta, en Estados Unidos, pocas jóvenes hubieran estado tan dispuestas a ser abordadas por un extraño. Andrei Chikatilo, en la Unión Soviética, dispuso de una cantidad similar de jovencitas más o menos accesibles para abordarlas, seducirlas y posteriormente asesinarlas. 

De la misma forma, asesinos como Dennis Nilsen, John Wayne Gacy y Jeffrey Dahmer se encontraron con sus víctimas en bares gay o en zonas de centros de diversión para homosexuales. 

De hecho, una gran cantidad de factores sociales están contribuyendo al desarrollo de una cultura de violencia. Los abusos y desintegración intrafamiliares constituyen una causa mayor, pero más aún lo es una cultura que celebra la violencia en películas, programas de televisión, videojuegos, libros y cómics. Existen demasiados entretenimientos que acentúan las conductas agresivas y el derramamiento de sangre como única forma de solucionar las peripecias a que se enfrenta el héroe o heroína protagonista: así se glorifica al asesinato. 

Un tercer factor es la disponibilidad de armamento. Aunque la mayoría de los asesinos mencionados en este artículo no usaron armas de fuego para liquidar a sus víctimas, cada año hay miles de personas que disparan a quemarropa sobre sus semejantes. La presencia de armas de fuego en tantos hogares predispuestos a la violencia aumenta las posibilidades de que una riña común tenga consecuencias letales. Más aún, el nivel de violencia promovido por tal liberalidad en la compra y venta de armas afecta la percepción de aquellos individuos con tendencia a convertirse en asesinos seriales: les sugiere sencillamente que la violencia es algo aceptable para la sociedad.

Robert Ressler

 

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