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Biotecnología al servicio de la milicia

El armamento biológico ha sido utilizado desde la antigüedad. Ya sea contaminando el agua de una población o creando bacterias genéticamente manipuladas la milicia ha aprovechado los microorganismos y agentes bioactivos (toxinas) para aniquilar -o por lo menos debilitar- al enemigo desde el imperio romano.

De Roma a Estados Unidos

En la antigüedad, los romanos arrojaban animales muertos a los suministros de agua de sus enemigos con el fin de contaminarlos, también llegaron a introducir vasijas con humores de enfermos de cólera, peste o lepra para que la epidemia acabase con las fuerzas de los defensores.

En el siglo XIV, los tártaros lanzaban con catapultas cadáveres infectados con peste sobre las murallas de las ciudades enemigas para contagiar a sus habitantes. Durante la guerra franco-india (1754-1763), en la que se enfrentaron Francia y Gran Bretaña por el dominio de los territorios americanos, el ejército británico obsequió a los indios americanos aliados de los franceses cobijas que habían sido usadas por personas enfermas de viruela, iniciando así una epidemia que acabó con varias tribus. 

Se sospecha que durante la Segunda Guerra Mundial, los rusos utilizaron la tularemia contra los alemanes durante el sitio de Stalingrado; esta enfermedad es producida por la bacteria Francisella tularensis y se puede presentar de diversas formas, entre ellas un tipo de neumonía muy grave. Y se sabe que, durante esta guerra, los japoneses bombardearon once ciudades chinas con material contaminado por peste y tifus. Además, en los campos de concentración, los japoneses inyectaron a tres mil prisioneros soluciones con principios activos de diversas enfermedades epidémicas; como mínimo fallecieron unos mil prisioneros. 

En países como la Unión Soviética, Canadá, Reino Unido y Estados Unidos los programas de armamento biológico se expandieron al finalizar la guerra y cobraron auge durante la guerra fría. Este crecimiento se detuvo —al menos oficialmente—, con la firma del tratado surgido durante la Convención de Armas Tóxicas y Biológicas de 1972, en el cual se prohíbe el uso y desarrollo de armas biológicas. A pesar de que este tratado fue firmado por 140 naciones, se sospecha que China, Vietnam, Laos, India, Bulgaria, Irak, Irán, Taiwán, Siria, Cuba, Corea del Norte, Egipto, Israel, Japón, Estados Unidos y algunos países del ex bloque soviético todavía tienen programas de desarrollo de armamento biológico y que algunos de ellos cuentan con grandes cantidades almacenadas.
 

Cómo fabricar armas biológicas

Para fabricar un arma biológica teóricamente se puede utilizar cualquier microorganismo patogénico. Pero, desde el punto de vista práctico, sólo un pequeño número de microorganismos tienen la potencialidad de utilizarse efectivamente como armas biológicas. Para elegir el indicado es importante tomar en cuenta varios factores:

  1. El microorganismo elegido debe poder cultivarse en grandes cantidades

  2. Debe poder dispersarse con facilidad (de preferencia como aerosol)

  3. Debe ser muy infeccioso

  4. De preferencia debe contagiarse de persona a persona

  5. Debe ser estable en el ambiente, para así asegurar su permanencia como agente patogénico

  6. Que las dosis del organismo necesarias para iniciar la enfermedad sean bajas

  7. Hay que tomar en cuenta la existencia o no de medidas preventivas o terapéuticas

El manual de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) menciona 31 organismos con potencialidad real de ser usados como armas. La lista incluye la viruela, el ántrax, la peste, el botulismo, la tularemia, el tifus, la fiebre Q, la encefalitis equina venezolana, el ébola y la influenza. De estos 31 organismos, la viruela y el ántrax son los que más fácilmente se pueden convertir en armas biológicas de alta eficiencia. 

La bacteria Bacillus anthracis, agente causal del ántrax, se encuentra de manera natural en muchas regiones del mundo (Centro y Sudamérica, el Caribe, África, Medio Oriente y algunas regiones de Europa), lo que permite que cualquier grupo militar o terrorista pueda recolectar y almacenar sin mucha dificultad esta bacteria. 

Algunas de las características que hacen tan apetecible a esta bacteria como arma biológica, son: es altamente mortal; puede cultivarse fácilmente y a bajo costo; las esporas de ántrax son muy resistentes a las agresiones del medio ambiente y pueden permanecer viables por muchas décadas, y son lo suficientemente pequeñas. 

El equipo que se necesita para producir ántrax como bioarmamento no requiere de mucho espacio, ni es demasiado sofisticado: bastaría con el equipo que se encuentra comúnmente en un laboratorio de investigación farmacéutica. La única diferencia es que se tendrían que extremar las condiciones de seguridad para evitar el contagio del personal que manipule el bacilo. El costo de atacar con ántrax un kilómetro cuadrado de territorio, es aproximadamente de un dólar, mientras que, si se utilizan armas convencionales, el costo sería de 2 mil dólares. 


Contraindicaciones

Una de las grandes desventajas del armamento biológico es que su uso puede representar una amenaza para el propio agresor, pues puede resultar contaminado. Por lo tanto, el mismo agresor debe necesariamente elaborar la vacuna para inmunizar a sus propias fuerzas antes del ataque.

Incluso su manipulación y creación implica grandes riesgos pues, si no se toman las medidas de seguridad necesarias, el microorganismo puede contaminar a los mismos investigadores o salir del área de investigación y contaminar a personas ajenas. Circunstancia que ya ha sucedido.

Además, las regiones atacadas con armas biológicas pueden quedar inutilizadas por decenios, dada la dificultad de descontaminarlas eficazmente. 


Armas biológicas a la medida

Recordemos que en 1972 se firmó el Acuerdo Internacional sobre Armas Biológicas, pero años antes varios gobiernos —entre ellos el de Nixon en Estados Unidos— ya habían dejado de financiar proyectos relacionados con el desarrollo de armas biológicas debido a que los expertos señalaban que las armas biológicas no eran suficientemente operativas, pues continuaban teniendo el problema de que podían volverse contra los agresores. 

Nadie podía haber imaginado que sólo un año después de la firma del acuerdo, iba a suceder algo que revalorizaría las armas biológicas: en la Universidad de Stanford, California, los biólogos Stanley Cohen y Herbert Boyer consiguieron transferir por primera vez genes ajenos al material hereditario de determinadas bacterias.

Este gran avance sobre los mecanismos que protegen la materia hereditaria en las especies vivientes vino a reactivar la investigación para el desarrollo de armas biológicas. Con las nuevas técnicas de recombinación genética se abría un abanico de posibilidades antes inimaginable.

Las investigaciones se reiniciaron. Investigadores del USAMRIID (Instituto Médico del Ejército de Estados Unidos para el Estudio de Enfermedades Infecciosas) estudian el efecto de los virus de lasa, ébola, chikungunya, viruela, fiebre amarilla, encefalitis equina, gripe, enfermedad de Marburg y la fiebre del Rift, además de las bacterias del ántrax, el botulismo, la brucelosis, la peste, el tifus y las esporas de tétanos, así como otras veinte clases de toxinas tales como los venenos de serpientes, setas, escorpiones y algas. 

El catedrático de la Universidad de San Diego, doctor Michael Breindl, afirma que existen planes para recombinar genéticamente una bacteria de la flora intestinal inofensiva para convertirla en un arma terrible: “Para empezar, a través de genes de resistencia se le podría hacer inmune a la acción de los antibióticos; luego podría elevarse su resistencia contra los ácidos intestinales a fin de asegurar su libre circulación por todo el aparato digestivo, además se le podrían implantar genes de toxinas procedentes de otros organismos, como una toxina neural u otras que detuviesen la acción coagulante de la sangre. Finalmente, se le podría insertar un gen del tipo invasor, que permitiría a la bacteria penetrar desde la pared del intestino en los tejidos interiores y las células del organismo. La bacteria así recombinada podría escaparse de la acción de defensa del organismo y verter sus toxinas directamente en los tejidos celulares”. 

Los técnicos estadounidenses han conseguido secuenciar y clonar los genes de diversos venenos biológicos. Ya se conocen las estructuras genéticas del ántrax, el botulismo, el cólera, la difteria, el tétanos y la toxina del veneno de determinadas serpientes. El conocimiento de las secuencias genéticas significa que en cualquier momento los científicos pueden producir de forma rápida, sencilla y barata enormes cantidades de estos venenos. 

Para producir armas biológicas recombinadas por la tecnología genética sólo se necesita una instalación frigorífica con unas 200 probetas llenas de material y cultivos originales y la infraestructura de un laboratorio farmacéutico convencional. El resto de las operaciones (transporte, llenar con los virus los aerosoles, etcétera) se podrían realizar con la misma infraestructura militar existente para las armas químicas. 

Las armas biológicas recombinadas genéticamente tienen varias ventajas sobre las armas biológicas convencionales: los agresores serán los únicos en poseer una vacuna eficiente pues la medicina normal no tiene experiencia en tratamientos con seres manipulados; existe la posibilidad de crear un germen que actúe sólo contra determinadas poblaciones, por lo que los agresores serían inmunes a éste, y, al evitar el riesgo contagio, el ejército agresor puede fácilmente ocupar el territorio conquistado ya que la infraestructura del país no fue destruida como ocurriría en un ataque con armamento tradicional.

 

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