Las huellas del crimen

El hecho de que cada ser humano tenga un dibujo único de crestas papilares y de los surcos de la yema de los dedos es uno de los principios fundamentales de la ciencia forense. No sólo ofrece la posibilidad de identificar con total seguridad a la víctima o a un delincuente, sino también de probar la presencia de un sospechoso en el lugar del delito.
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Este principio se descubrió hace tres mil años en la antigua China, donde era muy habitual rubricar contratos legales con la impresión digital. Los japoneses también adoptaron esa costumbre. En el siglo XIX, un inglés llamado William Herschel, que trabajaba en la administración pública de la India, introdujo una práctica muy parecida; los contratos se “firmaban” con la huella de la mano derecha del firmante, marcada previamente con tinta al presionarla en un tampón de sellos de caucho.
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La técnica de utilizar huellas dactilares para identificar personas fue desarrollada por otro expatriado británico,
el Dr. Henry Fauld, un escocés que trabajaba en un hospital de Tokio. Se vio involucrado en un caso en que un ladrón había dejado una impresión digital en una pared blanca. Cuando se identificó al sospechoso, Fauld se percató de que las crestas papilares y los surcos de los dedos del sospechoso eran muy diferentes de los que permanecían en la pared. Cuando se detuvo a otro sospechoso, le tomaron las huellas y se compararon los dibujos, y esta vez coincidieron exactamente.
Fauld publicó sus conclusiones en un artículo científico en 1880 e incluso propuso fundar un departamento de huellas dactilares en Scotland Yard, con la esperanza de poder desarrollar un método práctico para identificar a delincuentes. En aquella época, las enseñanzas de medidas las “medidas vitales” de
Bertillon todavía marcaban la pauta, y su propuesta fue rechazada. Scotland Yard necesitaba un método preciso y fiable para clasificar huellas, así como una ilustración práctica de que las huellas dactilares podían probar la identidad de una persona con mayor seguridad que los métodos de Bertillon.
Gracias a los trabajos de Sir Francis Galton en Inglaterra, Edward Henry en la India y
Juan Vucetich en Argentina, fue posible clasificar y describir las huellas de tal manera que podían confirmarse o desecharse con seguridad las comparaciones.

Sir Francis Galton |

Edward Henry |

Juan Vucetich |
Se confirmó la superioridad de la prueba de las huellas digitales con los archivos de las “medidas vitales” de Bertillon, al menos en Estados Unidos, con el caso de un preso llamado Will West que llegó a la cárcel de Fort Leavenworth, en Kansas, para cumplir condena. Los archivos de la cárcel mostraron que ya había otro reo en la prisión con el nombre de William West, que nada tenía que ver con Will West. Los dos hombres se parecían y sus fichas, según el sistema de Bertillon, eran idénticas. La única manera fiable de distinguirlos fueron sus huellas dactilares.
Clasificar las huellas dactilares
Las huellas se clasifican según el dibujo que forman las crestas papilares en la superficie de la piel. En distintos lugares de la yema, estas crestas se acaban, o se dividen o se cruzan; y los complejos dibujos resultantes son diferentes en cada individuo. La disposición de las crestas sigue una serie de trazos fácilmente reconocibles, que permite clasificar de forma sistemática las huellas para empezar a buscar similitudes con características generales antes de proceder a una comparación más detallada.
Las dos terceras partes de la población mundial, por ejemplo, tienen dibujos en forma de semicírculos. Éstos son catalogados como “radiales” (del hueso del radio al antebrazo) si los semicírculos se abren hacia el dedo meñique de la mano, “cubitales” (del cúbito) si se abren hacia el dedo pulgar. El centro del semicírculo se llama núcleo y el dibujo triangular donde las líneas externas de los semicírculos se juntan con las líneas horizontales que cruzan la base de la yema del dedo se llama “trípode” o “delta”.
Casi una tercera parte de la población tiene dibujos en forma de círculos, que pueden dividirse en círculos concéntricos, dobles, círculos con bolsa central y círculos accidentales.
Aproximadamente una de cada veinte personas tiene dibujos en forma de arcos, descritos como arcos llanos o en duna, si siguen una ondulación muy suave, o piniformes si acaban de forma puntiaguda en el centro.
El sistema de Henry y su posterior desarrollo por el FBI, divide las posibles variantes en mil veinticuatro grupos codificados para simplificar la búsqueda. A cada una de las diez huellas dactilares de una persona se asigna un valor numérico. Primero, se colocan las huellas en dos filas por este orden:
1.- Índice derecho - anular derecho – pulgar izquierdo – dedo corazón izquierdo – meñique izquierdo.
2.- Pulgar derecho – dedo corazón derecho – meñique derecho – índice izquierdo – anular izquierdo.
Luego se aplica a cada huella un valor según el dibujo de la huella y el dedo. Si uno de los dedos del principio de cada fila (el índice derecho o el pulgar derecho) tiene un dibujo en forma de círculo, se marca el valor dieciséis.
Si uno de los dedos del segundo par (el anular derecho o el corazón derecho) forma un círculo, se cuenta ocho.
La tercera, la cuarta y quinta pareja valen cuatro, dos y uno respectivamente, si uno de los dedos forma un círculo; todo dedo que no dibuje un círculo vale cero.
Se suman después los puntos de cada fila y se le añade un punto, a no ser que todos los dedos de esa fila formen círculos. El resultado se presenta en una fracción, como 14/8 o 16/9, lo cual proporciona una cifra para una clasificación global que sirve de punto de partida para comparar cualquier huella.
Reconocer un tipo de dibujo es una aplicación idónea para los ordenadores, pues escanean y archivan una huella dactilar como un patrón digital, teniendo en cuenta el tipo y la posición en la huella de cada rasgo personal.

Ese Sistema Automatizado de Identificación de Huellas Dactilares (AFIS) busca entre cientos de miles de huellas parecidas para el análisis final de un experto en dactilografía. El ordenador también permite la identificación aunque sólo se encuentre una huella en el lugar, a pesar de que la fórmula original del FBI se basaba en el conocimiento de las diez huellas.
Los archivos informatizados también están en condiciones de cotejar las huellas en monitores de alta resolución. De este modo, mejoran la calidad de huellas imprecisas o borrosas con el fin de obtener una imagen más nítida. Además, se pueden intercambiar datos con otros sistemas informáticos AFIS y enviar huellas por todo el mundo, para compararlas con las obtenidas allí.
Descubrir y archivar huellas
Las huellas dactilares investigadas en el lugar del delito se dividen en tres categorías: visibles, moldeadas o latentes. Las huellas visibles son más fáciles de descubrir, ya que han sido impresas con dedos que han tocado pintura fresca, tinta o sangre. Las huellas moldeadas resultan de dedos que han presionado sustancias como jabón, cera o masilla, que graba la imagen de las crestas papilares. Las huellas latentes, sin embargo, son las más frecuentes y también las más difíciles de ver y necesitan ser puestas al descubierto antes de ser analizadas.
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Las huellas latentes aparecen cuando las grasas naturales y la transpiración presentes entre las crestas se transfieren a una superficie por el tacto. El método empleado para descubrir esas minúsculas marcas depende del tipo de superficie. Con superficies duras y no absorbentes, como el vidrio, la madera pintada, las tejas o el metal, se suelen aplicar polvos específicos que se adhieren a las marcas. Existen polvos de distintos colores para que los investigadores puedan seleccionar el que mejor contraste con la superficie espolvoreada. Se utiliza polvo de carbono fino para descubrir huellas latentes en superficies claras, mientras que el polvo de aluminio sirve para descubrir huellas en superficies oscuras. También pueden utilizarse polvos fluorescentes. Con una fotografía tomada a la luz ultravioleta, la huella latente fluorescente resalta incluso sobre un fondo muy vivo o con dibujos.
Superficies blandas o porosas, como la tela o el papel, pueden mostrar huellas dactilares con el uso de productos químicos. La técnica más antigua utiliza yodo fumante. Se coloca el artículo analizado en una vitrina cerrada con cristales de yodo y se calienta. El vapor de yodo producido por los cristales provoca una reacción con las marcas y genera un dibujo visible. Otros métodos químicos utilizan aerosoles de nihinidrina que, al combinarse con los restos de aminoácidos de la transpiración humana, forman un color azul malva; o nitratos de plata que reaccionan al contacto con las sales de la transpiración y forman cloruro de plata, que se hace visible a la luz ultravioleta.
Es una nueva técnica conocida como pegamento fumante, porque se apoya en éster de aminoácido cianoacrílico, la sustancia activa de ese tipo de adhesivo fuerte y de acción rápida. Se consiguen los vapores calentando el objeto en una vitrina cerrada, al igual que con el yodo, o llenando de vapores un espacio cerrado, como el interior de un automóvil, para dejar al descubierto cualquier huella latente.
También se han desarrollado varitas manuales que calientan una pequeño cartucho que contiene una mezcla de sustancias activas y tintes fluorescentes. Estas varitas sirven para analizar una zona sospechosa que incluye a la vez superficies porosas y no porosas.
Una de las últimas técnicas para descubrir huellas latentes son los rayos láser, ya que, al iluminarlos en la oscuridad, los agentes químicos de la transpiración humana se vuelven fluorescentes. Se utilizan diferentes sustancias para aumentar el efecto. Otros tipos de láser o de fuentes de luz de alta intensidad, como el cuarzo o las lámparas de arco de xenón, resultan relativamente fáciles de montar en la mayoría de los sitios. Las huellas deben registrarse en un archivo permanente, bien mediante la fotografía, bien mediante el uso de cinta adhesiva o de una película de plástico que adhiera los polvos con las huellas y preserve estos importantísimos dibujos.
Tomar huellas de cadáveres
Tomar las huellas dactilares se ha convertido en un trámite obligado de cualquier autopsia. Se realiza después de que se haya quitado de los dedos y de las uñas todo rastro de posibles indicios. Si ha pasado algún tiempo desde la muerte de una víctima, debe llevarse a cabo un proceso de “reconstrucción” para asegurar un nítido juego de huellas.
Se suelen tomar cuando el cuerpo ya está rígido y ha sido conservado en una cámara frigorífica. Cadáveres en avanzado estado de descomposición obligan a veces a amputar las manos o algunos dedos, para poder coger las huellas. Con cuerpos momificados, resulta a veces necesario ablandar la yema de los dedos mojándolos con una mezcla de glicol, ácido láctico y agua destilada, a veces durante varias semanas, antes de poderse tomar las huellas.
Los casos más difíciles se presentan cuando la piel ha sido reblandecida por la humedad o por la inmersión en agua. En algunos casos, es necesario inyectar glicerina o cera líquida en los dedos debajo de las articulaciones. Si los daños de los tejidos son mayores, es posible retirar la piel de la mano y montarla sobre un guante quirúrgico. En un caso de 1933 en Australia, el cuerpo no identificado de la víctima de un asesinato apareció en el río Murrumbidgee con una mano menos y otra mutilada. El descubrimiento río arriba de la piel de la mano que faltaba permitió que se utilizara esta técnica para conseguir las huellas. Así se pudo identificar a la víctima, un vagabundo llamado Percy Smith, y condenar al final a otro vagabundo llamado Edward Morey por el crimen.
Otros elementos de identificación
Los dibujos de las crestas papilares de la palma de las manos y de las plantas de los pies también son únicos en cada individuo, pero estas huellas no suelen archivarse. No obstante, si se consigue en el lugar del crimen la huella de un pie descalzo o de la palma de una mano, puede descartarse a posibles sospechosos si sus huellas no se corresponden. En algunos países, se utilizan en las maternidades las huellas de los pies desnudos de los recién nacidos para identificarlos, ya que las huellas dactilares de los bebés son demasiado pequeñas.
Se utilizan otras características personales para ayudar a identificar rostros en grabaciones procedentes de cámaras de seguridad. Las proporciones básicas de una cara se procesan por ordenador para poder contrastarlas con fotos de sospechosos hechas desde distintos ángulos y perspectivas. La forma de las orejas es una de las características más importantes, ya que varía de una persona a otra y prácticamente no cambia durante toda la vida.
Por David Owen
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