Secuestro: Aministración de ausencias

El secuestro es uno de los delitos que más afectan a la sociedad. Entre amenazas, golpes, sometimiento y violencia extrema, las características y consecuencias del secuestro representan una amenaza a la estabilidad de la población; el miedo que genera la posibilidad de ser secuestrado produce una paranoia colectiva y una incertidumbre con la que la gente tiene que lidiar día con día, esto también provocado por los medios de comunicación pues, a pesar del temor, existe una fascinación que éstos utilizan para transformar lo que es un clima tenso y angustioso en un espectáculo.
Sólo en las ultimas semanas la lista de hechos protagonizados por el crimen organizado y fuera de control es impactante; a diario tenemos innumerables noticias sobre casos de secuestros y sobre las estrategias que el gobierno quiere implementar para detenerlo o, por lo menos, para enfrentarlo; las cuales, por cierto, no se encuentran a la altura de las circunstancias y generan la polémica de si se debe o no denunciar. Por si no tuviéramos bastante con esto, la mayoría de los secuestradores están relacionados con alguna institución que se dedica al orden y la seguridad de nuestro país.
El secuestro genera una relación particular entre el secuestrado y el secuestrador, que no se presenta en ningún otro delito. Mientras que un ladrón o un homicida establecen una relación presencial momentánea y poco duradera con su víctima, el secuestrador convive con ella en un ambiente común durante un tiempo, que puede variar desde unos pocos días hasta varios años. El siguiente artículo trata de analizar los principales aspectos del secuestro con un enfoque psicológico.
Nuestra condición como humanos nos hace creer que las personas son mucho más valiosas que los bienes materiales, lo cual aprovechan los secuestradores para el chantaje. El mismo Daniel Arizmendi, en una entrevista concedida a la revista Proceso cinco años después de su detención, hizo la siguiente declaración: “No hubiera hecho el secuestro si no supiera del amor por la familia, de lo importante que es para uno la familia. Así no puede haber fallas: agarras a alguien y te dan lo que pidas. Si alguien no está dispuesto a dar dinero por sus hijos, no puede dedicarse a secuestrar” .
El valor sentimental que tiene una persona para otra, se vuelve un objeto más para el secuestrador, una mercancía de cambio que le asegura la obtención de su objetivo, cobrar el cuantioso rescate que se exige por la liberación de la persona secuestrada.
Impacto del secuestro en el cuerpo humano
El cuerpo humano cumple una función determinante dentro de cualquier relación que se pretenda establecer con otras personas; además, es la herramienta que nos permite adquirir experiencias a lo largo de nuestra vida, ya sean buenas o malas. Si el cuerpo es la principal herramienta que tenemos para relacionarnos con nuestro entorno, entonces, “el cuerpo es protagonista del movimiento, empieza a ser entendido, insertado en un ámbito social, en el que esta entendido como sistema de expresión y de lenguaje”.
En una experiencia como el secuestro, el cuerpo es sometido, humillado y lastimado; ya no es tratado como un cuerpo humano, sino como una mercancía o un simple objeto. Pero después del cautiverio, la violencia y las marcas sobre el cuerpo, sobreviene una etapa no menos dolorosa, el comienzo de una vida diferente, llena de precauciones que pudieran parecer obsesivas pero que, sin embargo, son el resultado de una pedagogía del terror.
Recordamos la última entrevista que tuvimos con una víctima afortunada, que pudo vivir para contarnos su experiencia. Sólo para entrar a sus oficinas tuvimos que enfrentarnos a cámaras de vigilancia y cinco puertas de seguridad, todas ellas eléctricas y controladas desde una oficina.
El suspenso y lo siniestro
“-¿Ya tiene reunidos los centavos que le pedimos?
-Oiga, yo no tengo tanto dinero, mi jefe, estoy jodido.
-Cállese ¿cuanto tiene?
-Yo les consigo 100 millones.
-¿Sabe que? si me vuelve a repetir esa cantidad le juro que le voy a mandar la cabeza de su hijo, ¿eh? en un regalo, güey. Entiéndalo, por favor, si no me da una cantidad que me satisfaga, acabaremos con toda su familia... Ya no te voy a hablar mañana espera la cabeza de tu hijo…”
Nunca el corte tan drástico a una conversación telefónica puede dar pie a una serie de fantasías terribles, como cuando un secuestrador pide rescate por su víctima. Al colgar el teléfono quedan como única evidencia del angustioso hecho tres puntos suspensivos que nunca dicen nada, pero que hacen que los familiares de la víctima creen una serie de posibilidades, todas ellas terribles, sobre lo que le sucede a la persona que ha sido arrebatada de una forma tan violenta. ¿La golpearan? ¿Le darán alimentos? ¿Estará viva?
Lo siniestro, según Freud, es aquello maléfico o letal que se esconde bajo la apariencia de normalidad. Es el daño que llega de donde menos se espera, del lugar o las personas que, por el contrario, debieran ampararnos y protegernos. Es por eso que, sin duda, la parte más siniestra de todas es el doble rol que juegan las personas supuestamente dedicadas a cuidar de nuestra seguridad, “los policías”. En un primer momento, disfrazados con su uniforme, simulan estar al servicio de los ciudadanos; pero, muchas veces, sólo están al acecho de una presa que pueda dejarles buenas ganancias. El policía-secuestrador tiene un impacto muy fuerte en la sociedad mexicana, el temor que genera causa un caos psicosocial, porque no se puede confiar en alguien que planea tu secuestro mientras pretende cuidarte.
El estado ha creado una policía cada vez más capaz, con mejores armas y estrategias de ataque, las cuales serán utilizadas en contra de la misma sociedad. La policía ha tenido como función sembrar el miedo entre las poblaciones, lo que se ha llamado “pedagogía terror”. La propaganda así programada por el Estado engendra una sociedad vacía, sin cuerpo, que flota en un espacio familiar pero desconocido, imponiendo y convirtiendo en una mentira todo lo que se ve y se escucha. No se puede más que sentir temor de todo, “los ciudadanos son obligados a sentir que sus hogares, sus trabajos, sus seres queridos y sus propias vidas están en peligro. Se ha llegado a no confiar en nadie y tratar de auto preservarse aisladamente. El contacto con los demás puede ser peligroso.”
Síndrome de Estocolmo
En 1973, durante un asalto bancario en la ciudad de Estocolmo, los ladrones retuvieron a los empleados del banco durante varios días. Al momento de la liberación, un periodista fotografió el instante en el que una de las rehenes y uno de los captores se besaban. Este hecho sirvió para bautizar como “Síndrome de Estocolmo” a ciertas conductas extrañas que demuestran afecto entre los captores y sus rehenes.
Desde la perspectiva psicológica, este síndrome es considerado como una de las múltiples respuestas emocionales que puede presentar el secuestrado a raíz de la vulnerabilidad y extrema indefensión que produce el cautiverio, y aunque es una respuesta poco usual, es importante entenderla y saber cuando se presenta y cuando no. Una persona que durante su cautiverio se ve afectada por este síndrome, será más fácil de manejar por sus secuestradores, en comparación con otra persona que se encuentre bien psíquicamente.
En realidad, este síndrome sólo se presenta cuando el plagiado se identifica inconscientemente con su agresor, ya sea asumiendo la responsabilidad de la agresión de que es objeto, ya sea imitando física o moralmente la persona del agresor, o adoptando ciertos símbolos de poder que lo caracterizan. Por ser un proceso inconsciente, la víctima del secuestro siente y cree que es razonable su actitud, sin percatarse de la identificación misma ni asumirla como tal. La identificación que se da en el Síndrome de Estocolmo entre el secuestrador y el secuestrado no es cuestión de magia, sino que tiene que ver con la interacción que haya entre estos dos; algunas veces, ésta se da solamente con alguno de los plagiarios y, por lo general, esta identificación recae sobre el agresor que lo trate de manera más benévola.
Esta corriente se puede establecer, bien como nexo consciente y voluntario por parte de la víctima para obtener cierto dominio de la situación o algunos beneficios de sus captores, o bien como un mecanismo inconsciente que ayuda a la persona a negar y no sentir la amenaza de la situación y/o la agresión de los secuestradores. En esta última situación se está hablando de Síndrome de Estocolmo.
En la mayor parte de los casos, lo que se podrá observar es una especie de gratitud consciente hacia los secuestradores, tanto en los familiares como en los individuos. Agradecen el hecho de haberlos dejado salir con vida, sanos y salvos y a veces llega a su mente el recuerdo de las personas que durante su cautiverio tuvieron ciertas consideraciones con ellos en momentos difíciles, o tuvieron gestos de compasión y ayuda, esto sucede sobre todo durante las primeras semanas que vienen después de la liberación de la víctima. Es comprensible, bajo estas circunstancias, que cualquier acto humano (no necesariamente humanitario) de los captores pueda ser recibido con un componente de gratitud y alivio apenas natural.
Algunos estudios afirman que en personas desinformadas sobre este efecto psicológico, personas jóvenes y mujeres es más fácil que se establezca esta identificación con el agresor. Sin embargo, entre las personas que disponen de información o de algún tipo de preparación profesional al respecto, por ejemplo los policías, es más difícil que este síndrome se presente. Para esto, debemos tener en cuenta la forma de secuestro de la que se haya sido víctima, pues no se presenta el mismo daño psicológico en una víctima de secuestro político que en la de un secuestro express; el tiempo que dure el secuestro es un factor que no debe de ser olvidado u obviado.
El incremento desmedido de casos de secuestro pone en evidencia la poca eficiencia de las autoridades para combatirlo. Esperemos que los legisladores se den cuenta de que no sólo es un problema individual o asilado, sino que se está convirtiendo en un problema de seguridad nacional, que afecta tanto a la sociedad como a la economía, ya que los empresarios extranjeros no quieren invertir en México por la inseguridad y los turistas son prevenidos por sus países de que este es un lugar peligroso para visitar.
Fuente: El Cotidiano
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