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4. El sadismo sexual
La violencia sádica no suele ser la expresión de una explosión de agresión, sino un asalto premeditado. La perpetración de lesiones a la víctima provocan en el agresor una satisfacción sexual ascendente en modo de espiral a medida que avanza la agresión.
La agresión sádica, en la inmensa mayoría de las veces, no tiene expresión coital (verdadero sadismo). Cuando se trata de un violador con características sádicas, vemos que éste utiliza la agresión en forma desplazada, ya que la víctima no suele jugar ningún rol directo en el desencadenamiento de la agresión porque no es la fantasía de posesión sexual la que motiva la agresión inicial. Aquí la violación tiene el sentido de agraviar y humillar a la víctima empleando el sadismo.
De todos los tipos de violadores es el más peligroso. El propósito de la violación es la expresión de sus fantasías sexuales sádicas (no por deseo coital) y tiende a dañar a sus víctimas psicofísicamente a través del coito para lograr su fin. Muchos tienen una personalidad antisocial y son agresivos en su vida diaria.
Suelen tener antecedentes de malos tratos familiares y provenir de hogares desorganizados y con padres proclives a las desviaciones o represiones sexuales, situaciones por ellos experimentadas.
De especial interés resulta el hallazgo de que las personas con trastorno sádico de la personalidad suelen registrar historias de abusos físicos o sexuales en la infancia, de abandono, hospitalización prolongada, de muerte o separación parental, etc.
En la edad adulta pueden estar casados y ostentar una posición social de clase media, gozando a veces hasta del respeto de sus vecinos. Se trata de una persona inteligente que planea bien sus asaltos y que no es fácil de apresar.
Su agresión está dirigida a disfrutar horrorizando a la víctima, de ahí que utilice parafernalia variada y un ritual de ejecución.
Puede ir perfeccionando el mismo y llegar a matar a sus víctimas convirtiéndose en un "serial killer" (asesino en serie).
La periodicidad de sus ataques no está establecida y dependerá de los planes que establezca, las motivaciones de los mismos, el uso de drogas, y/o alcohol, etc.
La agresión como rasgo de personalidad, está reconocida desde hace mucho tiempo, pero no existe todavía el diagnóstico clínico correspondiente.
Los rasgos de personalidad sádica fueron descriptos por analistas como K. Horney y E. Fromm y conductistas como Millon que habla de la personalidad agresiva.
El trastorno sádico de la personalidad se encuentra incluido en el DSM IV dentro de las categorías propuestas que requieren estudios ulteriores (trastornos pasivo-agresivos).
Para nosotros, la personalidad sádica tiene un patrón de conducta cruel, vejatoria y agresiva utilizada con el fin de establecer una relación dominante.
Este tipo de conducta, esta "manera de ser" es egosintónica, por lo que el sujeto no buscará atención médica y solamente si se ven envueltos en algún problema con la justicia (por ej., maltrato a la esposa o los hijos o cualquier otra consecuencia derivada de su conducta sádica) serán evaluados médicamente en un contexto forense.
Por lo expuesto, pensamos que debe llevarse a cabo un estudio psiquiátrico pormenorizado de la personalidad de estos sujetos para destacar la presencia de un trastorno de la personalidad (antisocial, paranoide, narcisista, bordeline), si tiene dependencia de drogas o antecedentes de episodios psicóticos de características básicamente esquizofrénicas, así como también la posibilidad de encontrarnos con un caso de simulación (aparentar ser psicótico).
El impulso sádico no siempre es la expresión de una personalidad sádica y tendría distintas interpretaciones de acuerdo al diagnóstico del trastorno que presente el actor. Cuando el impulso tiene una intencionalidad determinada se trasunta por una conducta sádica.
Así la conducta sádica derivada de un proceso psicótico (por ej., esquizofrénico) siempre que exista relación directa demostrada entre la acción y la patología psicótica debe estar incluida como un síntoma más dentro del más amplio cuadro clínico que se padece (alucinaciones o vivencias delirantes).
A veces debuta con crimen inmotivado de inusitada violencia, que en algunos casos puede ser la más extrema, dependiendo del trastorno psiquiátrico al que se encuentre ligada.
La impulsividad
El agresor impulsivo, no es habitual encontrarlo entre los seriales ya que la acción es el resultado de aprovechar "la oportunidad" que se le presenta en el transcurso de otros hechos delictivos, como por ejemplo, el robo, la violación de domicilio, el encontrar sola a la víctima, etc., hecho que no responde a la modalidad delictiva de los delincuentes seriales.
De manera tal, que se debe distinguir el agresor sistemático (patrón de conducta) del agresor ocasional que lleva a cabo su agresión bajo la influencia de un impulso (a veces sádico) o algún tóxico (alcohol y /o drogas) o por alguna circunstancia imprevista o por presentar algún trastorno mental agudo o transitorio.
La degradación
El agresor degradador, que produce delitos ritualizados y reiterados, somete primero a la víctima a una seducción o acoso iterativo, no se preocupa por ocultar su identidad ya que especula con el temor que despierta en la víctima y hará que ésta calle a través de la intimidación, la coacción o por sentir vergüenza.
La violación surge así como inevitable y la violencia puede incrementarse con las violaciones subsiguientes, llegando a planear ciertos aspectos de las mismas como ir armado o ejercer un sinnúmero de coacciones sobre la víctima, la que se siente degradada e indefensa ante cada nueva agresión.
5. El acto delictivo
Criminodinamia
En el estudio de la criminodinamia se debe tener en cuenta:
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La caracterización del delincuente:
No se trata de una entidad nosológica propia. Seeling los denomina "delincuentes por falta de dominio sexual" y agrupa a violadores, incestuosos, pedófilos, exhibicionistas, sádicos, masoquistas, homosexuales, zoofílicos, voyeristas, transvestistas, etc.
Nosotros observamos que sólo algunos son básicamente parafílicos o desviados pero casi todos son astutos y temerarios.
No son frecuentes los cuadros de alienación entre estos delincuentes, así como tampoco suelen encontrarse drogadictos ni alcohólicos.
El delincuente sexual serial es peligroso por su "forma de ser", su conducta delictiva es egosintónica con su personalidad anómala (no necesariamente enferma), y la proclividad a la agresión sexual, con secuencias temporales del ataque sin cómplice.
Las conductas agresivas son voluntarias y sin compulsiones, con un móvil de gratificación personal y no económica.
Es frecuente observar que coleccionan objetos de sus víctimas sin valor económico.
Son proclives a la reiteración de delitos similares (patrón de conducta). No realizan otros delitos, y son raros los actos de pillaje.
Entre los mecanismos utilizados con más frecuencia por los delincuentes sexuales seriales se encuentran:
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Armas utilizadas
El sujeto delincuente serial suele actuar en silencio, de allí lo infrecuente de la utilización de armas de fuego. Lo usual es el empleo de un arma blanca (cuchillo, navajas, destornilladores, etc.) ya sea para amenazar, intimidar, o eventualmente, dar muerte a su víctima. En este último caso es frecuente la utilización de la asfixia mecánica o los golpes en el cráneo.
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Lugar de elección del ataque
El delincuente serial actúa casi siempre siguiendo un ritual, dentro de una misma zona a la que estudia puntillosamente y que tiene una significación especial dentro de todo el contexto delictivo.
Es como un coto de caza que conoce perfectamente y que investiga en sus mínimos detalles y en la cual "elige la presa" que debe encuadrar dentro de su patrón delictivo o cumplir con sus necesidades impulsivas particulares.
Para ello algunos agresores seriales llevan un diario de sus víctimas, un plano de los lugares donde van a llevar a cabo sus ataques, o un mapa detallado de los puntos donde ya los hayan realizado.
Es común también, que informen a los investigadores de sus crímenes o a los periodistas sobre los hechos que realizan dándoles pistas sobre los hechos que han realizado o avisando sobre los que están por realizar, en abierto desafío intelectual, compitiendo en astucia, hecho que los lleva a exponerse cada vez más peligrosamente "jugando al gato y el ratón" lo que les despierta un enorme placer sadomasoquista y un oculto deseo inconsciente de ser atrapado y castigado.
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Planificación y lugar de acecho
No es habitual encontrar (contra la creencia popular) que la reiteración de actos delictivos sean el producto de conductas irrefrenables o compulsivas en estos delincuentes. Todos los casos que hemos observado premeditan cuidadosamente los hechos y se toman todo el tiempo que sea necesario para cumplir con el ritual que satisface sus necesidades.
Sólo si fracasan en su plan por algún imponderable, se frustran y hasta pueden llegar a descontrolarse, pero es habitual que controlen sus impulsos para lograr sus objetivos y no se exponen desaprensivamente a ser atrapados (como ocurre con los compulsivos) salvo que en la lucha u obstinación por cumplir con el ritual del plan elaborado egocéntricamente o por presentar un franco desafío con la autoridad, se expongan a ser atrapados en un juego peligroso de vanidad y omnipotencia.
Los lugares de acecho suelen ser los vehículos públicos, la calle, las circunstancias de encuentros ocasionales "con la futura víctima", lugares de recreación como bailes, confiterías, bares, etc.
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Medio de movilización
Utilizan el medio de movilidad que mejor se ajusta a sus necesidades delictivas. Pueden ir a pie, en bicicleta, moto, vehículos públicos (sobre todo si allí viaja la víctima y desciende con ella), y mucho más sofisticadamente en su automóvil, donde reúne y tiene preparados los elementos que requiere su plan.
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Modus operandi
En general se realiza a través del ataque sorpresivo o el traslado de la víctima bajo amenaza de arma al lugar que tiene establecido para consumar el hecho.
No obstante, se han observado también formas más sutiles, como la seducción, el engaño, la coacción, etc., siendo una conducta premeditada, anterior a la ejecución del acto delictivo propiamente dicho.
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Reacción del mundo circundante
Cuando el hecho delictivo serial toma conocimiento periodístico o social, se produce el pánico en el ambiente.
A veces, aparece la patrulla de vecinos que exigen castigos severos (pena de muerte). La histeria colectiva estimulada por la imaginación favorece las falsas denuncias y acusación a inocentes.
En algunos casos se ha visto la atracción sexual de algunas mujeres por el criminal con el que llegan hasta formar pareja (enclitofilia de Loccard).
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Conducta delictiva
De la interacción entre el delincuente y el delito que comete surge la conducta delictiva de ésta debe evaluarse en general el antes, el durante y el después del hecho.
El asesino serial que habitualmente se observa, es por lo general un varón introspectivo, tranquilo, reservado, distante, de buenos modales, agradable, sin amigos, solitario en sus decisiones, hipobúlico, tímido, estudioso. Suele ser fácilmente descartado como sospechoso por su historia de persona pasiva que no reacciona frente a la violencia. Ordenado, meticuloso, pulcro, es común que no fume, beba ni consuma drogas y si lo ha hecho, no es un adicto. Suele ser mojigato y condena la obscenidad, la vulgaridad y las palabras soeces.
Es particularmente propenso a delinquir cuando ha sufrido una pérdida en su autoestima, se han burlado de él, ha sido rechazado sexualmente o han cuestionado su masculinidad.
Compensa con el acto delictivo esta situación de minusvalía recuperando su narcisismo, su egocentrismo y su vanidad hasta estar convencido de su poder al llevar acabo sus delitos y escapar de la investigaciones policiales por ser más inteligente.
Quiere ser notorio antes que ignorado, y pasar a la historia como el criminal más importante (vanidad delincuencial). Es por ello que suele hablar, leer y hacer comentarios a personas sobre las noticias que se refieren a su accionar (antes de ser capturado) manifestando opiniones punitivas muy fuertes sobre lo que se debería hacer con el asesino cuando lo detuvieran.
Tras una fachada distante existe una profunda agresividad que no puede expresar. Imagina escenas que luego interpreta en sus agresiones. Su inteligencia le permite planear detalladamente el delito con mucha anticipación para luego poder evitar con éxito las investigaciones policiales.
En el momento del crimen se excita mucho, se transforma, adquiere la seguridad que le falta y el impulso sexual asume el control de sus acciones.
Por lo general, luego del hecho no tiene remordimientos, no tiene piedad por sus víctimas ni está preocupado por las connotaciones morales de sus actos a los que alude sin mayor resonancia afectiva.
De manera tal que el delincuente serial de modalidad sexual habitual no es un psicótico, ni un insano, ya que conoce la naturaleza y la calidad de sus actos y sabe que son malos. No sólo no cometería el hecho si hubiera alguien que lo viera, sino que tampoco lo haría si pensara que hay alguna posibilidad de ser apresado.
De acuerdo con la "Regla de M'Naghten" una persona carece de responsabilidad penal sólo cuando carece de juicio moral. En los EEUU añadieron a la prueba de responsabilidad penal la del "impulso irresistible". Esta prueba se basa en una fórmula desarrollada en 1869, en New Hamsphire, en el caso Estado/Pike por Isaac Ray y el Juez Charles Doe, donde se hizo una pregunta que quedó como popular: ¿habría sucumbido la persona a ese impulso de tener un policía al lado?.
Algunos autores hacen hincapié que los asesinos seriales estan obsesionados con fantasías sexuales desde mucho tiempo antes de la realización de los asesinatos, hecho que tiene importancia capital, por cuanto, por un lado comparten importantes similitudes con otras parafilias como el exhibicionismo y la pedofilia y por otro, porque nos sitúa en el camino de la comprensión psicodinámica de la conducta del sujeto.
Estas asociaciones son importantes porque sugieren que las condiciones necesarias para el desarrollo de un tipo de preferencia pueden estar facilitando el desarrollo de otras.
El CIE 10 habla de anomalías múltiples de las apetencias sexuales (F65,6) y ninguna de ellas es de primer grado. La combinación más frecuente es la de fetichismo, transvestismo y sadomasoquismo.

No obstante ello en el análisis del delicuente sexual serial se deben tener en cuenta todos los factores y no se debe descartar el estudio completo de su personalidad, debiendose incluir el examen neurológico de su cerebro ya que puede existir la posibilidad de que presente una desinhibición instintiva consecutiva a una patología cerebral grave.
Cuando el hecho tiene un componente emocional inicial que catapulta la acción violenta, la mediatización sería más límbica que prefrontal. La incapacidad para inhibir la acción tendería a la "perseveración" de sus acciones, recayendo en las mismas con mucha facilidad siendo resistentes a toda socialización.
En 1972, Goldar y Outes expresaron que los impulsos nacidos en el cerebro externo posterior no sólo se dirigen al cerebro externo anterior para iniciar las respuestas psicomotoras voluntarias o motoras reactivas, sino que también alcanzan la corteza temporal basolateropolar para proseguir hacia el cerebro interno y, de esta forma, originar respuestas vitales instintivas.
A su vez, los impulsos nacidos en el cerebro externo anterior se dirigen, desde la corteza orbitaria anterior y por medio del fascículo uncinado, a la corteza temporal basolateropolar; en esta última interaccionan con los impulsos de origen cerebral posterior.
Cuando por alguna razón se destruye la corteza orbitaria anterior, el cerebro interno responde exclusivamente a los impulsos que llegan desde el cerebro posterior, por lo tanto los mecanismos vitales del sistema límbico permanecen desinhibidos; los procesos psicomotores volitivos del lóbulo frontal no pueden influir sobre la excitabilidad límbica y todas las experiencias sensoriales pueden
generar, de manera inmediata, reacciones instintivas, configurando una franca patología orgánica cerebral.
A manera de síntesis graficamos las características que según la patología psiquiátrica se pueden detectar y sus implicancias antes, durante y después del acto.
6. Algunas consideraciones médico legales
En psiquiatría forense es de capital importancia tener un concepto claro sobre términos como agresión y violencia, sobre todo para comprender, desde el punto de vista sexológico, la problemática de la violencia sexual.
La agresión implica el ataque a una persona con la intención de causarle daño, es decir, es la conducta por la cual una persona inflige daño a otra.
Frente a lo objetivable (conducta), surge la necesidad de explicar la intención (motivos).
La violencia es, como la agresión, una conducta que produce daño, pero existe la tendencia a utilizar el término violencia cuando la acción es muy intensa e involucra a múltiples víctimas.
Toda conducta violenta es mejor comprendida como el resultado de una interacción entre la personalidad previa del actor, su estado actual, su situación interpersonal y el contexto social en que desarrolló el acto agresivo.
Así, por ejemplo, si el comportamiento sexual de una persona daña el cuerpo o la salud de otro, distorsiona la sexualidad de un menor, aunque medie consentimiento de quien lo sufre, constituye un delito, ya que, la producción de lesiones está contemplado en los art. 89, 90 y 91 del CP.
Los actos de violencia contra las personas por motivos sexuales (al decir de Mayer-Gross, 1958) constituyen una parte importante de todos los delitos serios y pueden llegar a adquirir las formas más inhumanas de asesinato.
El crimen por placer constituye casos extremos de sadismo donde la víctima es asesinada y a veces mutilada con el fin de provocarle al ejecutante gratificación sexual (orgasmo por el acto violento y no por acción coital).
El llamado crimen sádico serial (parafilia como móvil del homicidio) está contemplado en el art. 80 inc. 4º del C.P. (homicidio por placer) ya que la causa y la razón del hecho tiene un origen sexual.
Quedan descartados aquellos en que la muerte es el resultado de una violación (ocultación del delito, art. 81 inc. 7º del C.P.) y la actividad necrofílica (el cadáver es una cosa, es decir, no hay homicidio, por lo tanto no hay delito).
En ciertas ocasiones un cuadro de automutilaciones puede inducir a error en el diagnóstico diferencial con el homicidio sádico.
Aunque las automutilaciones son raras en sus formas letales, pueden representar un problema diagnóstico en medicina legal, puesto que pueden simular un crimen sádico.
Lo importante con relación a la asfixia sexual es lo relativo al diagnóstico diferencial, dado que la víctima de asfixia sexual puede serlo de un homicidio secundario. Una agresión sexual (por ej., violación) puede terminar en homicidio por estrangulamiento.
La observación de criminales seriales con motivación sádica no es frecuente. Tampoco es habitual encontrar insanos (alienados o enajenados de larga data) entre los seriales.
Lo que es frecuente es hallarlos en la literatura y la bibliografía. Allí se citan ejemplos temibles de asesinos sádicos que degüellan, decapitan, estrangulan, o mutilan a sus víctimas con más o menos ciega impulsividad o con un refinamiento llevado al máximo de crueldad.
Algunos de estos casos descriptos buscan un tipo definido y concreto de víctima; otros matan en forma indiscriminada y en serie, muchos buscan niños, otros animales.
Se trata de individuos que suman, a la tendencia homicida, un auténtico interés sexual sustitutivo de la finalidad sexual adecuada, ya que su sexualidad es deficitaria o permanece insatisfecha.
De ahí que los homicidas suplan esta insatisfacción inasequible, como parece ser el célebre caso del Mariscal de Francia, Gilles de Rais, que pasó de valeroso guerrero y pródigo hacedor de conventos e iglesias a un pedófilo que degollaba luego a sus víctimas para utilizar su sangre en prácticas mágicas y luego quemar sus cadáveres.
Entre ellos, hay que citar también a aquellos que comen parte de la carne de sus víctimas o que beben su sangre, asociando a su sadismo supervivencias de una sexualidad digestiva (mezcla de los instintos de nutrición y reproducción).
Hay casos célebres, como el de Peter Kürten, el asesino de Düsseldorf ,que fue juzgado por nueve crímenes y que confesó muchos más. Había comenzado sádicamente su carrera delictiva torturando animales en la infancia y a los nueve años realiza su primer crimen cuando impidió volver a bordo a un compañerito que se cayó de una balsa mientras se estaban bañando. Fue luego agravando sus crímenes al ver que no llegaba al orgasmo con actos de menor violencia.
En general, lo que se observa es que el delincuente sádico usa la violencia como medio para conseguir lo que quiere (dinero, poder, sexo, etc). La humillación de la víctima y el causarle dolor se constituye en el componente integral de su satisfacción sexual (verdadero sadismo).
El agresor hostil por reivindicación es de frecuente observación ya que estos individuos realizan actos agresivos sexuales seriales por venganza proyectada y puede llegar hasta el asesinato como respuesta agresiva a su sentimiento de perjuicio.
El agresor dependiente es también de observación frecuente. Utiliza la violencia para reafirmar su poder porque se trata de un incompetente sexual que necesita ejercerla sobre su víctima como intento de reparar la frustración sexual histórica, que a pesar de las reiteradas agresiones nunca la llega a compensar.
El agresor impulsivo, no es habitual encontrarlo entre los seriales ya que la acción es el resultado de una situación ocasional o para aprovechar "la oportunidad", que se le presenta en el transcurso de otros hechos delictivos, por lo que no sigue el patrón habitual que se observa en los seriales.
El agresor degradador se observa con cierta frecuencia y produce delitos ritualizados y reiterados para someter primero a la víctima a una seducción o acoso iterativo, y luego planear la acción violenta para degradar y hasta aniquilarla con profundo desprecio. Cualquiera que sea la motivación sexual que lleva al delincuente a reiterar sus agresiones sexuales, al examen pericial que nos solicita el magistrado debemos poder precisar el diagnóstico psiquiátrico forense de las facultades mentales del actor al momento del hecho que se le imputa.
De manera tal que la valoración médico-legal de los delitos de origen sexual supone poner en relación el tipo de delito cometido, con la personalidad del delincuente, valorando su capacidad de comprensión del hecho y la voluntad para dirigir su acción como consecuencia de padecer una alteración morbosa de sus facultades, una insuficiencia o un estado de inconsciencia de las mismas (Art. 34 inc. 1º C.P.).
La comprensión suele estar conservada en todos los trastornos psicosexuales, salvo el caso de algunos oligofrénicos, en demencias con trastornos orgánicos de la personalidad y ocasionales cuadros psicóticos. También debe valorarse la situación del conocimiento bajo la influencia de sustancias tóxicas como el alcohol y/o drogas. En general lo único que hacen los tóxicos es aflorar la patología de base, por lo tanto, en la mayor parte de las ocasiones, el sujeto conoce lo que realiza y el valor antijurídico de su conducta.
Más complejo es el estudio de la actividad de la voluntad de los sujetos que, llevados de su trastorno psicosexual, llegan a la comisión de un delito en situación de compulsión. En estos casos la conducta sexual perturbada se expresa como un patrón de comportamiento que se reitera y se sistematiza frente a los estímulos sexuales que "detonan" la compulsión, hecho que los torna a veces reincidentes y peligrosos. A medida que se tornan inimputables su tratamiento suele ser más dificultoso, a veces estéril y aumenta paralelamente su grado de peligrosidad.
La imagen del sexópata agresivo y compulsivo, insaciable en su necesidad de ultrajar y/o asesinar a sus víctimas, no es un hecho habitual o común dentro de la delincuencia sexual. La mayoría de los agresores sexuales no matan a sus víctimas, solamente disfrutan o gozan con el placer que le determina su conducta sexual perturbada.
Por lo tanto, deben diferenciarse las perturbaciones sexuales sintomáticas, dadas en una personalidad psicótica o con disturbios mentales graves (oligofrénicos, trastornos de la personalidad con las distintas variantes psicopáticas, la estructura bordeline y los episodios o reacciones vivenciales anormales), de los perturbados sexuales genuinos, cuya disfunción y/o desviación o parafilia configura un patrón sexual impulsivo o una estructura sexopática de difícil modificación.
En resumen: el examen pericial psiquiátrico sexológico del delincuente sexual serial requiere un meduloso estudio para llegar a las conclusiones médico-forenses que como asesores nos requiere la Justicia. El Tribunal, en última instancia, es el que decide sobre la imputabilidad o no del delicuente.
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