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Beneficios
del aceite de oliva
Cultivado primero en Asia Menor y con repetidas menciones en la
Biblia, el aceite de oliva ha acompañado a la humanidad en diversos
aspectos de su vida: además de emplearse en el arte culinario, ha
sido ofrendado a los dioses. Actualmente lo apreciamos por su
importancia nutricional y terapéutica sin par.
En general, los aceites (lípidos) contribuyen a la constitución de
todos los tejidos, además de que nuestro organismo los emplea como
reserva energética en caso de que el aporte cotidiano sea
insuficiente. En promedio, se estima que 1 gramo de grasa
proporciona 9 calorías.
Sin embargo, aunque todos los aceites que se obtienen de semillas
(cacahuate, girasol, soya, maíz) son aptos para el consumo y
facilitan la absorción de vitaminas liposolubles (A, D, E y K), hay
importantes diferencias en cuanto a su valor nutritivo, sabor, usos
culinarios más adecuados e incluso en sus efectos en relación con
la salud.
Para ello debemos entender que las grasas se clasifican en dos
grandes grupos según su composición química, en particular de la
cantidad de hidrógeno que contienen:
-
Saturadas,
por lo general contenidas en alimentos sólidos como
mantequilla, manteca o margarina; son responsables del aumento
de colesterol en la sangre y, por consiguiente, de presión
arterial elevada (hipertensión arterial) y obstrucción de
arterias (ateroesclerosis).
-
Insaturadas
(monoinsaturadas y poliinsaturadas), que encontramos en
productos suaves o líquidos, como aceite de oliva y de
cacahuate. Ayudan a reducir problemas circulatorios.
Sin embargo, no todos son cien por
ciento benéficos, por ejemplo, algunos alteran su composición química
cuando se usan para freír alimentos, y se sabe que aquellos
elaborados con maíz, algodón o cártamo promueven la formación de
los dañinos radicales libres. En contraparte, el aceite de oliva se
muestra como un producto estable que no tiene ninguno de esos
efectos, aumenta el colesterol "bueno" y es antioxidante,
además de nutritivo y de muy buen sabor, entre otras virtudes.

Hijo
predilecto del Mediterráneo
El olivo salvaje, el acebuche, es un elemento característico dentro
de las especies que integran la formación del bosque mediterráneo,
común en Europa y África. Su domesticación se remota a 6 mil años
antes de nuestra era en la zona extendida entre Asia Menor y el Sinaí.
Como cultivo de gran importancia, el olivo aparece en las primeras
civilizaciones del mar Mediterráneo Oriental, quienes lo
consideraban árbol sagrado, símbolo de sabiduría, paz y gloria,
que además les ofrecía su fruto como generoso regalo: la aceituna.
Fenicios y romanos difundieron el aceite obtenido de aceituna por
toda la cuenca, que desde entonces se volvió el lípido más
importante en la dieta popular del sur de Europa, compañero
indispensable de pan, ensaladas y otros tantos sabrosos platos;
junto con cereales, fruta y carne de pescado es base de la llamada
dieta mediterránea. En la actualidad, España es el primer país
productor de aceite de oliva en el orbe.
Se sabe que las aceitunas contienen lípidos y proteínas, además
de sales de calcio y otros minerales, enzimas y vitaminas A, B1, B2
y P. Son aperitivas, laxantes suaves y ayudan en la digestión,
cualidades que son transmitidas al aceite de oliva, formado por
glicerina y ácidos grasos, de los cuales el oleico (hasta el 80%)
es el más importante, seguido del linoleico, palmítico y esteárico,
entre otros.
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Con el invierno se inicia
la recolección de la aceituna, que tarda aproximadamente
siete meses en madurar: cambia de color y pasa por un tímido
verde hasta llegar en muchos casos al negro. Ya recolectados
los frutos, se limpian y se les retiran las hojas para
llevarlos a un molino; luego se separan las partes sólida y
líquida, sea batiendo la pulpa o haciendo girar sobre su
eje al recipiente que la contiene.
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El aceite obtenido se almacena en
lugares secos y oscuros para que la maduración sea natural. Esta
forma pura se conoce como aceite de oliva extra virgen, y cuenta con
aroma, sabor y color perfectos; algunos aceites se refinan
ligeramente (conocido como virgen), y otros todavía más procesados
se mezclan con 10 ó 20% del tipo extra virgen, para obtener el
comercializado como aceite de oliva. Naturalmente, los dos primeros
son los que poseen todas las cualidades benéficas.
Los efectos del aceite de oliva pueden resumirse en los siguientes
puntos:
-
Por ser rico
en vitaminas A, D, K y E, es antioxidante y retarda el
envejecimiento de las células.
-
Ejerce efecto
suavizante y antiinflamatorio sobre la piel y las mucosas, por
eso también se utiliza en la curación de quemaduras, heridas e
irritaciones de la piel, además es auxiliar en el tratamiento
de úlceras. Protege y tonifica la epidermis (capa más
superficial de la piel).
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Mejora el
funcionamiento del estómago, páncreas, vesícula biliar e
intestino. Es también un laxante suave, que además facilita la
expulsión de parásitos intestinales.
-
Ayuda a
prevenir enfermedades cardiovasculares. Usándolo en forma
continua, tiene la facultad de mantener el colesterol sanguíneo
en niveles bajos y reduce el riesgo de infarto de miocardio
(corazón).
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Favorece que
el calcio se fije en los huesos y mejora las funciones metabólicas,
ya que ayuda al sistema endocrino (hormonal).
Por último, hay que destacar que
todos estos beneficios se equilibran con el excelente sabor de este
producto, que lo convierte en auténtico rey de la cocina.
Puede consumirse en crudo realzando el sabor de los alimentos con
los que se combina, es un medio importante de cocción y mejora la
textura de la comida facilitando su asimilación. ¿Qué más se le
puede pedir?
Por: Rafael Mejía
Fuente: Salud y Medicinas.com |