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"No
siempre puedes controlar los que pasa fuera,
pero sí puedes controlar siempre lo que pasa
dentro".
Wayne W.
Dyer
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Entre un 3 y un 5%
de los niños escolarizados son hiperactivos, niños inquietos,
impacientes, impulsivos, que no se centran en objetivos o
finalidades concretas, que saltan de una cosa a otra, que no
atienden a lo que se les dice; en definitiva, niños que no
"oyen", no "obedecen", no "hacen
caso".
No hay concordancia en cuanto a su definición, algunos dicen que se
trata de un síndrome (conjunto de síntomas) que tiene
probablemente un origen biológico ligado a alteraciones en el
cerebro, causadas por factores hereditarios o como consecuencia de
una lesión, otros que constituye una pauta de conducta persistente
en situaciones específicas. Para nosotros la mejor definición es
la que dan Safer y Allen en 1979 "trastorno del desarrollo
concebido como retraso en el desarrollo, que constituye una pauta de
conducta persistente, caracterizada por inquietud y falta de atención
excesivas y que se manifiesta en situaciones que requieren inhibición
motora. Aparece entre los dos y los seis años y comienza a remitir
durante la adolescencia." El problema real de los niños
hiperactivos se plantea ante aquellas situaciones en las que se les
exige control de los movimientos y mantenimiento de la atención.
Los síntomas definitorios del trastorno por déficit de atención
con hiperactividad según la clasificación nosológica DSM3-R son:
actividad motora excesiva, falta de atención y de control de
impulsos.
En sí, se trata de niños desordenados, descuidados, que no prestan
atención en clase, que cambian continuamente de tarea y presentan
una actividad permanente e incontrolada sin que vaya dirigida a un
determinado objetivo o fin.
Tienen dificultades para permanecer quietos, sentados, suelen
responder precipitadamente incluso antes de haber finalizado la
formulación de las preguntas, además se muestran impacientes y no
son capaces de esperar su turno en las actividades en las que
participan más individuos.
Interrumpen las actividades o tareas de los compañeros y miembros
de la familia. Pueden fácilmente sufrir accidentes y caídas debido
a que sus conductas reflejan una escasa conciencia del peligro.
Son desobedientes, parece que no oyen órdenes de los adultos y, por
tanto, no cumplen con sus instrucciones. Plantean problemas de
disciplina por incumplir o saltarse las normas establecidas.
Su relación con los adultos se caracteriza por desinhibición,
suelen tener problemas de relación social y pueden quedar aislados
del grupo de iguales.
Asimismo, dan muestras de déficits cognitivos y son frecuentes los
retrasos en habilidades motoras y del lenguaje, así como las
conductas antisociales y la carencia de autoestima. Es frecuente que
los problemas conductuales acompañen la hiperactividad.
Epidemiología y curso
evolutivo de la hiperactividad.
La hiperactividad se da con más frecuencia en niños que en niñas
y su proporción está alrededor de 8 de cada 100 niños
escolarizados y de 2 de cada 100 niñas escolarizadas. Además de
las diferencias cuantitativas, varios autores han señalado que en
los niños los comportamientos impulsivos, la excesiva actividad y
la falta de atención, persisten durante más tiempo, se mantienen
constantes a través de sucesivos cursos escolares y se incrementan
al aumentar las exigencias escolares.
Los indicadores de hiperactividad en los distintos momentos
evolutivos son los siguientes:
De 0 a 2 años:
Descargas mioclónicas durante el sueño, problemas en el ritmo
del sueño y durante la comida, períodos cortos de sueño y
despertar sobresaltado, resistencia a los cuidados habituales,
reactividad elevada a los estímulos auditivos e irritabilidad.
De 2 a 3 años:
Inmadurez en el lenguaje expresivo, actividad motora excesiva,
escasa conciencia de peligro y propensión a sufrir numerosos
accidentes.
De 4 a 5 años:
Problemas de adaptación social, desobediencia y dificultades en
el seguimiento de normas.
A partir de 6 años:
Impulsividad, déficit de
atención, fracaso escolar, comportamientos antisociales y
problemas de adaptación social.
La evolución de
la hiperactividad no se caracteriza por seguir una línea uniforme
ni específica. El pronóstico conlleva impulsividad, fracaso
escolar, comportamientos antisociales e incluso delincuencia. Según
Whalen (1986) aproximadamente un 25% de los niños hiperactivos
evolucionan positivamente, con cambios conductuales notables y sin
que tengan dificultades especiales durante la adolescencia y la vida
adulta. El DSM-III-R indica que, aproximadamente, un tercio de los
individuos diagnosticados con hiperactividad en la infancia,
muestran signos del trastorno en la edad adulta.
Los niños que son hiperactivos en todos los ambientes tienen un
peor pronóstico porque sufren con más frecuencia las consecuencias
negativas que sus comportamientos alterados provocan en la familia,
colegio y grupo de amigos; de este modo, se vuelven más vulnerables
y, por tanto, aumenta el riesgo de que desarrollen comportamientos
antisociales.
La coexistencia de conductas desafiantes, agresividad, negativismo e
hiperactividad durante la infancia conlleva una evolución muy
desfavorable, pues los problemas iniciales suelen agravarse en la
adolescencia. En esta edad, el pronóstico incluye delincuencia,
agresiones, deficiente rendimiento académico y, en general, una
adaptación negativa.
¿Cómo
explicar la hiperactividad infantil?
Otro de los retos es determinar el origen de la hiperactividad. A
pesar de que se trata de un trastorno frecuente en la infancia, y
que hace bastante tiempo es objeto de interés por parte de médicos
y psicólogos, no se han identificado de forma precisa los factores
que lo originan.
Entre las causas posibles investigadas destacan factores biológicos,
retraso madurativo, factores pre y perinatales, influencias genéticas
y otras variables propias del ambiente del niño. Sin embargo, no
hay datos concluyentes que indiquen que cualquiera de estos
elementos por separado es el responsable último del trastorno.
La opinión más generalizada entre los expertos es que múltiples
factores interactuan ejerciendo cada uno sus efectos propios pero en
una actuación conjunta. Las alteraciones cerebrales y el retraso
mental influyen en la aparición de la hiperactividad, pero no lo
hacen de manera exclusiva y determinante. Sus efectos se enmarcan en
el contexto de una interacción en la que intervienen conjuntamente
con factores psicológicos y ambientales.
La influencia del medio ambiente prenatal y las complicaciones
surgidas durante el embarazo han sido destacadas como causas
relacionadas con los trastornos de conducta infantil. Los niños
prematuros, con bajo peso al nacer, que han sufrido anoxia durante
el parto o infecciones neonatales, tienen bastantes posibilidades de
desarrollar problemas conductuales e hiperactividad.
Entre los efectos asociados a las complicaciones surgidas durante el
período prenatal y perinatal se incluyen: retraso mental,
deficiente crecimiento físico, retraso en el desarrollo motor,
dificultades en el desarrollo del lenguaje y en el aprendizaje.
En cuanto a los factores genéticos se ha visto que un número
considerable de padres de niños hiperactivos manifestaron conductas
de este tipo durante su infancia. Las alteraciones psicológicas de
los padres influyen en los niveles elevados de actividad motora y déficit
de atención observados en los niños hiperactivos.
Según los datos de diferentes trabajos, el nivel socioeconómico,
la situación familiar y las características del trabajo u ocupación
profesional de los padres se relacionan con los problemas de
conducta observados en niños y adolescentes. Los trastornos psiquiátricos
de los padres influyen en la aparición de problemas psicológicos
en los niños debido a que se alteran negativamente las
interacciones entre padres e hijos.
Otra línea de investigación sobre la etiología del trastorno se
centra en identificar la posible influencia de alteraciones bioquímicas
en la aparición de estos problemas. Aunque no existen datos
definitivos, parece que la dopamina y la norepinefrina son las dos
monoaminas más claramente relacionadas con el trastorno
hiperactivo. Desde hace algunos años se apunta la posibilidad de
que la hiperactividad se vea afectada también por factores como el
plomo ambiental y los componentes de la dieta alimenticia pero no
hay pruebas fiables que demuestren una relación causal.
Evaluación de la
hiperactividad
Los niños hiperactivos constituyen un grupo muy heterogéneo. No
todos presentan las mismas conductas alteradas. No coinciden en su
frecuencia e importancia ni en las situaciones o ambientes en los
que se muestran hiperactivos. Además, incluso difieren respecto al
origen y posibles causas de sus problemas. Así, en la evaluación
del niño hiperactivo intervienen varios profesionales, médicos
(neurólogo, pediatra, psiquiatra), psicólogos y maestros
fundamentalmente buscando un criterio común para la puesta en
marcha de la terapéutica a seguir.
La evaluación se
concreta en las siguientes áreas:
Estado clínico
del niño. Este aspecto se
ocupa de los comportamientos alterados y anomalías psicológicas
que presenta actualmente.
Nivel
intelectual y rendimiento académico.
Los informes que proporciona el colegio han de referirse a cómo
es la conducta del niño y sus calificaciones académicas en el
curso actual y cómo han sido en años anteriores. En esta
evaluación se tienen en cuenta tanto los aspectos positivos como
los negativos.
Factores biológicos.
Se evaluaran mediante un examen físico exhaustivo para detectar
posibles signos neurológicos, anomalías congénitas u otros síntomas
orgánicos que resulten de interés.
Condiciones
sociales y familiares. Se
analizan: nivel socioeconómico, comportamientos de los miembros
de la familia, clima familiar, relaciones interpersonales, tamaño,
calidad y ubicación de la vivienda familiar, normas educativas,
disciplina, cumplimiento de normas y horarios, actitudes de los
padres hacia los problemas infantiles, factores o acontecimientos
desencadenantes de los conflictos.
Influencia del
marco escolar. La evaluación
de este aspecto está justificada por el papel que desempeña la
escuela tanto en la detección de las alteraciones infantiles como
en el tratamiento posterior. El interés se centra en dos áreas:
factores personales y organización estructural del centro.
Respecto a los factores personales, se analizan las actitudes de
los maestros cuando los alumnos violan la disciplina o incumplen
las normas escolares, así como las pautas de conducta que estos
profesionales adoptan cuando han de dirigir las clases; en
definitiva, se trata de averiguar si son profesores autoritarios o
flexibles. En cuanto a la organización del centro, interesa sobre
todo los aspectos materiales y de funcionamiento, así como la
ubicación del mismo y su estructura organizativa.
Además de los exámenes
neurológicos que se apoyan en los datos proporcionados por el
electroencefalograma y la cartografía cerebral, así como de la
exploración pediátrica que insiste en ensayos de coordinación y
persistencia de movimientos, la valoración de la hiperactividad se
completa con una evaluación psicológica que tiene varios ejes:
información proporcionada por adultos significativos para el niño
(padres y profesores), informes del propio niño y observaciones que
sobre su conducta realizan otras personas en el medio natural.
Tratamiento de la
hiperactividad
Toda iniciativa terapéutica en el campo infantil persigue el
objetivo común de favorecer la adaptación y el desarrollo psicológico
de los niños. Son numerosos los autores que se preguntan si el
trastorno se resuelve mediante una intervención terapéutica
centrada exclusivamente en el niño, o si, por el contrario, es
necesario llevar a cabo actuaciones específicas sobre la familia y
el colegio para implicar a los padres y el maestro en la terapia.
En todo caso, el tratamiento de la hiperactividad consiste, desde
hace varias décadas, básicamente en la administración de fármacos,
especialmente estimulantes, así como en la aplicación de métodos
conductuales y cognitivos.
Ambas modalidades de tratamiento han obtenido éxito al mejorar el
comportamiento del niño en distintos aspectos. Así, las terapias
que combinan medicación y métodos conductuales y cognitivos
pretenden que los efectos conseguidos por los fármacos y técnicas
conductuales por separado se sumen y acumulen para lograr que el niño
mejore globalmente y su mejoría sea estable y mantenida a través
del tiempo. Vamos a analizar cada uno de los tratamientos por
separado:
Tratamiento
farmacológico: A corto
plazo se ha observado disminución del nivel de actividad motora,
aumento de la atención y mejoría en el rendimiento de los tests
de atención en el laboratorio. Los tratamientos farmacológicos
se han basado habitualmente en el empleo de estimulantes, entre
ellos, Ritalin/Rubifen (metilfenidato), Dexedrina
(dextroanfetamina) y, de posterior aparición, Cylert (pemolina).
Los porcentajes indican que aproximadamente entre un 60-70 y 90
por 100 de los niños tratados con estimulantes mejoran, sobre
todo, en cuanto a su atención e impulsividad. El médico suele
decidir el estimulante más adecuado para cada niño a partir de
los siguientes criterios: tiempo que tardan en producirse los
efectos sobre el comportamiento infantil, duración de los mismos,
efectos secundarios no deseados, confianza que el profesional
tiene en el fármaco y con el que está más familiarizado. Por
sus escasos efectos secundarios, el estimulante más comúnmente
utilizado es el Metilfenidato. El tratamiento con estimulantes no
está aconsejado en la adolescencia por los posibles riesgos de
adicción.
El período crítico más adecuado para su administración
coincide entre los seis y doce años. En edades inferiores, los
resultados no son tan claros por la propia composición de los fármacos
e incluso porque el diagnóstico de hiperactividad es menos
preciso. Los estimulantes pueden ocasionar efectos transitorios
que no son relevantes y se eliminan reduciendo la dosis o
distribuyéndola en distintos momentos del día. Los efectos más
comunes incluyen insomnio, dolor de cabeza, disforia, etc. aunque
el más preocupante es la pérdida del apetito porque puede
originar disminución del peso. También pueden aparecer
alteraciones del estado de ánimo, están tristes, tienen más
sensibilidad a las críticas, se muestran irritables. *
Otros efectos menos frecuentes incluyen aumento del ritmo cardíaco
y de la tensión arterial. Aun cuando los estimulantes facilitan
que los niños participen en actividades cooperativas y de juego
debido al aumento del control de la actividad que conllevan, puede
ocurrir que si los compañeros y amigos conocen que el niño toma
medicación lleguen a discriminarlo y marginarlo. Por último, los
expertos no olvidan los posibles efectos negativos sobre la
autoestima y competencia del propio niño.
Aquellos que toman fármacos pueden sentirse diferentes a los demás
y considerar que sus éxitos en el colegio se deben a la acción
de los fármacos más que a su propio esfuerzo y habilidad.
Tratamiento
conductual-cognitivo: El
tratamiento conductual de la hiperactividad se basa en el manejo
de las consecuencias ambientales. Hablaremos de dos técnicas, las
operantes y las cognitivas. Los métodos operantes se orientan
hacia el control de las conductas alteradas y suponen que éstas
dependen de factores, acontecimientos o estímulos presentes en el
ambiente. Por tanto, al controlar las circunstancias ambientales
es posible reducir, alterar y mejorar el comportamiento infantil.
El modelo operante hace especial hincapié en las consecuencias
que siguen a un comportamiento cuando aparece. Según este
enfoque, las conductas se emiten y mantienen por los efectos que
provocan en el ambiente.
Cuando una conducta es seguida de consecuencias ambientales
favorables, se mantiene en el repertorio de comportamientos
habituales del niño. En consecuencia, en los casos de
hiperactividad, la atención diferencial que prestan los adultos
actúa como reforzador. En aras a la adaptación del niño se
recompensan conductas apropiadas como, por ejemplo, realizar las
tareas escolares, prestar atención a las explicaciones del
profesor, al material escolar, concluir a tiempo y correctamente
los problemas propuestos, permanecer sentado, no hablar sin
permiso del profesor, no tirar objetos, etc.
Mientras que, por el contrario, se tratan de extinguir los
comportamientos anómalos. Es habitual que al principio del
tratamiento las tareas que el niño ha de realizar para obtener
ganancias sean de escasa complejidad, que irá en aumento a medida
que progresa la terapia. El tratamiento de la hiperactividad tendrá
lugar en el ambiente natural, es decir, en casa y en el colegio
con lo cual deberá contarse con la participación de los padres y
maestros quienes, en último caso y siguiendo las instrucciones
del profesional, van a administrar las recompensas tras los
comportamientos adecuados y extinguir las conductas no apropiadas.
Las técnicas operantes han demostrado mejoras a corto plazo en el
comportamiento social de los niños y en sus resultados académicos.
Dentro de las técnicas cognitivas debemos hablar del
Entrenamiento en Autoinstrucciones y del Método de resolución de
problemas. Las técnicas cognitivas parten de la base de que los
niños hiperactivos tienen déficit en las estrategias y
habilidades cognitivas que se requieren para ejecutar
satisfactoriamente las tareas escolares. Por tanto, se considera
que sus perturbaciones y comportamientos alterados son secundarios
a las deficiencias cognitivas que les caracterizan.
El Entrenamiento en Autoinstrucciones consiste en modificar las
verbalizaciones internas que un sujeto emplea cuando realiza
cualquier tarea y sustituirlas por verbalizaciones que son
apropiadas para lograr su éxito. El objetivo de la técnica no es
enseñar al niño qué tiene que pensar sino cómo ha de hacerlo.
Así pues, el método consiste en aprender un modo apropiado, una
estrategia para resolver los fracasos y hacer frente a nuevas
demandas ambientales.
En cuanto a la eficacia del procedimiento, hemos de señalar que
si bien es eficaz para modificar las estrategias cognitivas al
menos en tareas sensoriomotoras, no modifica significativamente
las conductas sociales alteradas y existen serias dudas acerca de
que la estrategia aprendida se generalice y emplee para resolver
tareas de la vida real. En cuanto al método de resolución de
problemas incluiría dos técnicas, la de la Tortuga y el
Entrenamiento en solución de problemas interpersonales.
La técnica de la Tortuga que incluye además modelado y relajación,
tiene como objetivo último enseñar a los niños a autocontrolar
sus propias conductas alteradas, impulsivas e hiperactivas. De
manera resumida, el procedimiento consiste en definir y delimitar
el problema actual, plantear las posibles soluciones al mismo y
elegir una vez valoradas sus consecuencias y resultados, aquella
que se considera más apropiada. Finalmente se ha de poner en práctica
la solución elegida y verificar sus resultados a partir de los
cambios o mejoras que se consiguen.
El entrenamiento en solución de problemas interpersonales
aplicado con niños impulsivos pretende reducir sus dificultades
de adaptación social, mediante el aprendizaje de estrategias
cognitivas que le permitan analizar los problemas interpersonales,
buscar soluciones eficaces y aplicarlas en el marco de las
interacciones sociales. En general, los programas basados en la
aplicación de técnicas conductuales y cognitivas han logrado
resultados favorables en alguno de los aspectos deficitarios del
trastorno, como la atención, pero, sin embargo, queda pendiente
la modificación de los comportamientos antisociales y el
mantenimiento de la mejoría en períodos prolongados de tiempo.
La combinación de
procedimientos conductuales y cognitivos con el tratamiento farmacológico
es una de las opciones más aceptadas y defendidas por los
especialistas. No obstante, la decisión última sobre el
tratamiento depende de factores como el estado clínico del niño,
las posibilidades ambientales de aplicar las técnicas y el grado de
aceptación de los adultos respecto a las alternativas terapéuticas
disponibles.
Orientaciones prácticas
Aunque no podamos influir decisivamente en la aparición del
problema, sí podemos contribuir a mejorar su evolución a través
de dos vías de actuación. En primer lugar, enseñando a los
propios niños hiperactivos a practicar ejercicios físicos y
actividades encaminados a incrementar la inhibición muscular,
relajarse, aumentar el control corporal y la atención y, en
consecuencia, adaptarse a las tareas y demandas que se le plantean
sobre todo en el colegio.
En segundo lugar, actuando en el ambiente familiar y social que
ejerce en todo caso una influencia determinante en el pronóstico de
estos niños. Estas actuaciones se concretan en orientaciones y
sugerencias específicas para que padres y profesores adopten
actitudes positivas hacia sus hijos y alumnos, y pongan en práctica
normas de actuación correctas que favorezcan las interacciones y
faciliten la convivencia familiar y escolar.
Los especialistas indican que las familias consistentes y
equilibradas, así como el ajuste social y emocional de los niños,
son factores que pronostican una mejor evolución.
En consecuencia, el modo más eficaz de prestar ayuda a los niños
hiperactivos pasa por mejorar el clima familiar, las habilidades de
los padres y maestros para controlar los comportamientos anómalos y
eliminar las interacciones negativas entre adultos y niños y de
esta forma evitar las experiencias de fracaso y rechazo que éstos
sufren habitualmente.
Sin embargo, no basta con ser más tolerantes y pacientes; los
expertos coinciden en aconsejar que los adultos, además de estas
actitudes, deben adoptar normas apropiadas de actuación que
incluyen tanto establecer reglas explícitas para regular la
convivencia como administrar castigos cortos pero eficaces.
Algunas de las pautas recomendadas para favorecer las interacciones
positivas entre padres e hijos son:
-
Si los padres
establecen normas de disciplina es muy importante que las hagan
explícitas, es decir, que el niño sepa exactamente qué es lo
que se espera de él.
-
Las
instrucciones y respuestas verbales de los adultos han de ser
breves, precisas y concretas.
-
La respuesta
de los padres ante la violación de las normas ha de ser
proporcional a la importancia de la infracción. Es aconsejable
que, antes de responder, los adultos se detengan unos instantes
a pensar y valorar desapasionadamente lo ocurrido.
-
Es conveniente
que los padres respondan a los actos de indisciplina con
comportamientos concretos y previstos. No es aconsejable que lo
hagan con castigos físicos. Por el contrario, es muy efectivo
en los casos de incumplimiento de responsabilidades, como, por
ejemplo, no acabar una determinada tarea comprometida de
antemano, que los niños pierdan algunos privilegios ya
adquiridos.
-
Los castigos
deben tener una duración limitada, no es útil prolongarlos
sistemáticamente, pues son difíciles de cumplir, pueden
originar en el niño ansiedad y sentimientos negativos.
-
Tratándose de
niños hiperactivos, no es aconsejable que los padres limiten
las salidas de casa y los contactos con amigos.
-
Conviene
establecer hábitos regulares, es decir, horarios estables de
comida, sueño, para ver la televisión, hacer los deberes, etc.
-
Los adultos
deben estar atentos y discriminar las señales que prevén la
proximidad de un episodio de rabietas, desobediencia, rebeldía,
etc.; de este modo, les será fácil controlarlo alejando al niño
de la situación conflictiva, facilitándole juguetes que le
puedan distraer, etc.
-
Cuando el niño
tiene que realizar tareas nuevas, es útil ensayar con él para
guiar su actuación.
-
Es esencial
que los adultos adopten un enfoque positivo en sus relaciones
con los niños.
-
Conviene no
olvidar los efectos del aprendizaje social. Los niños observan
lo que ocurre a su alrededor y después reproducen los
comportamientos aprendidos.
Por: Gloria
Marsellach Umbert
Psicólogo Ciudadfutura
Bibliografía
consultada:
-
Inmaculada
Moreno, "Hiperactividad. Prevención, evaluación y
tratamiento en la infancia", Ed. Pirámide
-
Ackerman,
Elardo y Dykman, "Journal of Abnormal Child Psychology -
1979"
-
Battle y
Lacey, "Contexto para la hiperactividad en los niños"
, Child Development - 1972
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